Martes 02 de febrero de 2010
Ha ocurrido ya en otras partes del mundo donde la violencia se instala durante un período de tiempo más o menos largo -Bosnia, Ruanda, Afganistán entre otros-: la reiteración de atentados hace que éstos empiecen a verse como algo normal. Es lo que sucede en Irak, donde la última salvajada de la insurgencia dejaba un saldo de 42 víctimas mortales y más de un centenar de heridos. En días así resulta hasta grosero comparar las estadísticas actuales con las del pasado año por estas mismas fechas, cunado la cifra de fallecidos por acciones violentas era mucho mayor. Pero es un hecho.
En esta ocasión, no cabe imputar responsabilidad alguna a las fuerzas internacionales que aún se hallan en el país. Hace mucho tiempo que la violencia en Irak es patrimonio casi exclusivo de una insurgencia alimentada por Al Qaeda y cuya única pretensión es la desestabilización total del Irak para convertirlo en una suerte de Afganistán talibán. Pero también, y conviene recordarlo, subyace de fondo el ancestral conflicto entre chiíes y suníes, cuyo balance de muertos es aterrador. Por un lado, Sadam Hussein –suní- reprimió de forma sangrienta a los chiítas durante muchos años. Por otro lado, el vecino Irán -mayoritariamente chií- no hace un solo esfuerzo por atemperar la tensión; antes al contrario, exalta los ánimos hasta donde le es posible.
Los últimos atentados en Irak son reflejo pues de un conflicto eminentemente religioso entre musulmanes de uno y otro signo. Hacer conjeturas sobre si Occidente puede hacer algo más denota ignorancia o simplemente mala intención. Han de ser las máximas autoridades suníes y chiíes quienes aparquen sus diferencias y se sienten a negociar una vía de entendimiento imprescindible. Y, de paso, que condenen el terrorismo sin ambages, para erradicar de una vez por todas el siniestro maridaje Islam-terrorismo. Una inmensa mayoría de musulmanes en todo el mundo abomina de estos actos. Pero falta una concienciación pública para que los terroristas entiendan que no cuentan con apoyo popular, más o menos clandestino. El día que esto suceda, la batalla contra el fundamentalismo habrá dado un giro copernicano.
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