David Felipe Arranz | Jueves 04 de febrero de 2010
En una reciente entrevista con Juan Manuel de Prada publicada en el volumen Penúltimas resistencias, el catedrático de literatura Francisco Rico, se ha despachado a gusto, destilando humildad y generosidad, con su tocayo Francisco de Quevedo y Villegas, del que este año se conmemoran cuatrocientos años de su llegada a la Torre de Juan Abad para poner sus ideas en orden, ya que estaba de la corte hasta la coronilla y no veía la hora de escribir sin la algarabía y el trajín de arbitristas y confabuladores de pasillo. La Perinola. Revista de investigación quevediana, del grupo GRISO que dirige Ignacio Arellano, y los congresos internacionales y bianuales que convoca José Luis Rivas en la Torre en septiembre, avalan un legado que está vivo porque nos habla de problemas inherentes a la propia condición humana que jamás remitirán mientras exista el hombre. Exactamente igual que el anónimo autor del Lazarillo, Mateo Alemán o Cervantes.
Ha dicho Rico a su interlocutor, quien tampoco ha entrado en defensa ninguna de un colega y gigante de las letras que lleva muerto más de trescientos años (o precisamente por eso, tal vez), que “La literatura literaria, la literatura pura, que fue lo que hizo Quevedo y lo que hicieron las vanguardias, me parece, en general, abominable”, para añadir a continuación que “la gente lee como pasea, como folla o como acude al cine, con la misma naturalidad. La lectura es una experiencia que forma parte de la vida y que, por consiguiente, está en la vida. La literatura para escritores a mí me llena muy poco. Quizá en pequeñas dosis resulte interesante, pero... ¡mira que es malo El Buscón! Con Quevedo se estropea la literatura española, que lo prometía todo: después del Lazarillo y el Guzmán, y con el Quijote en puertas, iniciábamos una tradición novelesca estupenda, pero llega Quevedo, y lo que Quevedo representa (el chiste fácil disfrazado de ingeniosidad), y se jode el invento.” Imagino que luego se llevaría el cigarro a la boca y tras inhalar una gran bocanada de humo lo iría expulsando con su morosidad discursiva habitual mientras hacía sangre del hombre muerto. A Fernando Lázaro Carreter esa patada en una de sus obras literarias favoritas no creo que le hubiera gustado.
Sin entrar a valorar el registro coloquial que escora en algunos pasajes hacia lo vulgar y la importunidad de su agresividad (¿por qué contra Quevedo ahora?), sorprende –es una forma de hablar– la ferocidad del ataque a quien fue, y sin duda sigue siendo, uno de los máximos exponentes de nuestras letras y representante eximio de nuestra literatura áurea. Habría que empezar a definir qué es eso de literatura “pura” (salvo el Espíritu Santo y otros referentes religiosos, no conozco de nada que sea puro), porque da la casualidad de que don Francisco, polígrafo y un universo en sí mismo que ensombrecería a una legión de Ricos, ejercía –de hecho, las más de las veces– de satírico en sus letras, que consiste nada más y nada menos que en hacer de la literatura una función social: aquella que corrige vicios y faltas. Y en el caso del madrileño, nos consta que esta función, que nada tiene que ver con la literatura “pura”, sino con la más valiente y arriscada de todas, aquella que puede costarle al escritor la vida, fue la favorita de Quevedo. Y restarle el mérito de haberse enfrentado con el Conde-duque y su camarilla a través de sus versos y escritos políticos me parece una acción ignorante, innoble y cobarde: probablemente, de la misma forma que Rico abomina de Quevedo en las entrevistas, éste hubiera retado al académico a un intercambio de opiniones… a espada.
Quevedo escribió que “el árbol de la vida es la comunicación con los amigos; el fruto, el descanso y la confianza en ellos”. Rico se empeña en eso, en hacer amigos. Más allá de la gente que “lee” como “folla” –no sé si Rico se refiere a eso con hacerlo a veces en silencio y otras en voz alta–, el Quevedo “abominable” o el Quevedo que “jode el invento”, cabe preguntarse si no responde este arañazo a destiempo en la imagen del autor de El Buscón, novela a la que no duda en descalificar también, a su tenaz intento de sacarle más rédito a Cervantes del que le ha sacado ya o simplemente de llamar la atención oponiéndolo de forma desfavorable a otros ingenios. Es muy valiente por su parte despotricar así, con esta saña vitriólica, de don Francisco. La detracción a estas alturas, envuelta de una forma grosera y con tan poca elegancia, de un genio del lenguaje, maestro absoluto del verso y artífice de la supervivencia del estoicismo y de la literatura moral en el Barroco como Quevedo huele a todo menos bien. Quevedo sabía que “los verdaderos grandes son los de ánimo grande”; y a Rico su ánimo le pide ahora patear el túmulo de Quevedo. Que a moro muerto, gran lanzada.
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