José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 08 de febrero de 2010
En la mayor parte de los territorios de vieja cristiandad tan peliagudo tema semeja haber encontrado ya un firme encaje en sus sociedades y ordenamiento jurídico temporal, en tanto que en España se ofrece siempre reverdecido y, a las veces, incluso “endemoniado”, según el sentir de no pocas gentes. La historia, claro, tiene mucho que decir al respecto y en sus anales se encuentran registrados episodios cuyo detenido análisis arrojaría probablemente luz abundante sobre la cuestión.
Pero no vamos a recurrir a tan loable método, pues, entre otros motivos, un marco periodístico no es, desde luego, el más adecuado para ello. A la altura del segundo decenio del siglo XXI se hace cada vez más nítido que los escenarios –dígase, o escríbase, frentes, si se quiere y así tal vez sea lo más exacto en ocasiones en los combares civiles e incruentos que hayan de librar los católicos del inmediato futuro- que han de focalizar primordialmente la actividad de la Iglesia docente son los configurados por la defensa a ultranza de las libertades, la familia y la enseñanza. Su mensaje universalista encuentra en tal paisaje el contexto en verdad más idóneo para vehicularlo. Ningún país, ninguna colectividad quedará con ello al margen de su misión y todo el presentismo que, a las veces, obtura desde dentro parte de sus mejores esfuerzos quedará esquivado.
Pues, sin concesión alguna a la doctrina del actualismo ni al enfoque “progresista” del acontecer social, habrá de reconocerse que los usos y costumbres tradicionales de la Iglesia institucional así como buena parte de su impedimenta burocrática lastran la encarnación del catolicismo hispano en las realidades alumbradas por la postmodernidad y, sobre todo, por la apabullante revolución tecnológica. Hay incuestionablemente mucha hojarasca –ramas y tallos que muy probablemente dieron un día sombra amiga e inspiradora a esfuerzos y creaciones de entidad- y no menos “prácticas” y “tics” que yerman el resultado de afanes verdaderamente evangélicos, en los que la noción y vivencia del prójimo laten con gran vigor, a tono con la mejor herencia de un catolicismo como el español en el que la obra asistencial y educativa se manifestó, en líneas generales, descollante. En aras de la permanencia esencial de este patrimonio, quizás haya llegado la coyuntura ineludible del despegue de gran parte de unos hábitos refractarios con un “espíritu de época” al que ha de estar atentos y no despreciarlo de instancia. La táctica de las avanzadillas y descubiertas en el tiempo recién advenido en orden a captar la desiderata de sus afanes se mostró siempre exitosa en la historia de la Iglesia. En muy amplia medida, el Concilio Vaticano II no haría, en definitiva, otra cosa que garantizar su acierto y refrendar su vigencia.
En la hora del Internet y a la espera de nuevos capítulos en los acelerados adelantos tecnológicos, existe un consenso global de que tal herramienta abre los caminos más sugestivos del porvenir. Por fortuna, la Iglesia así lo ha entendido, y se apresta a ocupar un saliente lugar en el mundo conformado por dicho fenómeno.
La imaginación y capacidad innovadora explicitadas en esa postura, ¿no podrían manifestarse igualmente, a escala nacional y doméstica, en el asendereado plano de sus relaciones con el Estado? Por descontado, que el camino hacia un diálogo auténticamente positivo habría que andarse por ambos. Pero es quizás sobre la Iglesia española sobre la descansa, por su propia naturaleza, lo principal de la tarea.
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