Rafael Núñez Florencio | Martes 09 de febrero de 2010
En su reciente intervención en el foro de Davos (Suiza), el presidente del gobierno español intentó tranquilizar a los inversores y a los mercados internacionales sobre la difícil coyuntura que atraviesa nuestro país subrayando la seriedad de España (“tenemos una trayectoria de país serio y cumplidor”). Una semana después, en su visita a Washington para participar en el Desayuno Nacional de Oración, insistió ante las Cámaras de Comercio de ese país en la fiabilidad hispana en términos muy similares: éste es un “país solvente”, dijo a los empresarios foráneos, en el que se puede invertir y que ofrece confianza y eficiencia. No hace falta acudir al refranero -“dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”- para advertir que el énfasis y la reiteración en nuestra formalidad nacional sólo tenía sentido porque ésta precisamente estaba en cuestión. ¿Somos o no un país serio, fiable? O, lo que es lo mismo, para bien o para mal, ¿nos ven los demás y, en especial, nuestros socios europeos y nuestros aliados americanos como un país formal y responsable? No son, ni mucho menos, asuntos baladíes y me causa cierta sorpresa que la reflexión pública no haya extraído de estos puntos sus graves consecuencias.
Aunque los españoles nos hemos recreado en los últimos tiempos con una comprensible satisfacción en nuestro nuevo estatus de europeos de pleno derecho -la integración en la Unión Europea como fin del aislamiento secular, el enterramiento del “Spain is different”, la entrada en la “normalidad” occidental-, no es menos cierto que, con esa tendencia pendular que nos caracteriza, hemos querido ser más..., no sólo los más europeos, sino también y sobre todo los más modernos, los más permisivos, los más deslumbrantes. Ahítos de “movidas”, “milagros”, grandes fastos y éxitos efímeros en ese escaparate de las novedades, nos hemos creído, cual nuevos ricos, que estábamos en el medallero con todo derecho y de modo indefinido. La crisis ha venido a sacarnos de nuestro ensueño, pero en todo caso nos hubiera sacado también cualquier mediano contratiempo, no ya sólo porque el modelo seguido era insostenible más allá del corto plazo, sino porque, como ha ocurrido tantas veces en nuestra historia, habíamos montado un fastuoso decorado... de cartón piedra.
¡Y así, resulta ahora que estamos donde siempre hemos estado, no con los mejores, sino con los torpes del pelotón, esas naciones del sur europeo que han sido miradas tradicionalmente con desprecio por el norte prepotente! Constituimos con nuestro inseparable Portugal, con nuestros primos italianos y con la atrasada Grecia el lastre de la Unión Europea, marcados todos con el infamante y despreciativo acrónimo de “pigs”, como si fuéramos cerdos cuyo simple contacto se rehuye. Los últimos indicadores, para más inri, agravan nuestra posición, aludiendo a un peligro de colapso similar al heleno. Parafraseando a Almodóvar, uno de esos iconos de la modernidad que parecía servirnos de salvoconducto universal, ¿qué hemos hecho para merecer esto? ¿Quién nos ha engañado en estos últimos años elevándonos a las nubes, alabando nuestra transición y nuestra descentralización, nuestro índice de crecimiento, nuestra creatividad y hasta nuestra vitalidad? ¿Se acuerdan que hace poco el presidente del gobierno español anunciaba no ya que superábamos a Italia en el PIB, sino que la misma Francia sentía nuestro aliento en el cogote? Permítanme, pues, que reformule la pregunta: ¿cómo nos hemos podido engañar tanto?
Trataré de evitar las respuestas simplistas, a riesgo de decepcionar a todos los que en la polarizada vida española, esperan un dictamen de culpabilidad o responsabilidad de un determinado sector. Lo diré más claramente: creo que las raíces del problema son tan profundas que resultan no ya esquemáticos sino hasta desvergonzados los términos políticos habituales. Hemos llegado a tal punto que ya no se trata tanto de adoptar supuestas medidas conservadoras o progresistas -fomentar el empleo o enjugar el déficit ¿son objetivos de derechas o de izquierdas?- sino de gobernar con un mínimo de sensatez, rigor y coherencia, porque lo que está en juego es nada más y nada menos que la sostenibilidad misma de nuestro sistema de convivencia y del Estado del bienestar. Es necesaria –y hasta urgente- una reflexión que trascienda los tópicos tradicionales, a tono con la gravedad de la situación por la que atravesamos. De ahí por tanto la invitación que en forma de epígrafe encabeza este artículo: ¿hablamos en serio?
Hablar en serio supone como punto de partida fundamental tomarse la crisis en serio. Puede parecer una perogrullada pero lo cierto es que, tras varios meses de crisis negada y muchos más de crisis reconocida, yo no he visto por ningún lado medidas efectivas de las administraciones públicas para recortar el gasto. En el mejor de los casos, se siguen convocando en todos los ámbitos administrativos y territoriales plazas de funcionarios y manteniendo una burocracia hipertrofiada; en el peor, se continúa la ominosa práctica de la contratación a dedo y las subvenciones venales. ¡Si hasta, para que nada falte, se mantienen los gastos suntuarios, viajes superfluos y dietas abusivas a cuenta del erario público! En esta política de dispendio no hay distinción de derechas o izquierdas, centralistas o nacionalistas, gobierno, autonomías o municipios. Urge, si no una moralización de la vida pública, por lo menos una racionalización del gasto público que implique un eficaz freno a tales excesos.
Hablar en serio implica pasar de las palabras a los hechos, con premura y decisión. ¿Cuántas veces han oído ustedes hablar de “reformas estructurales”, “aumento de la competitividad” o “mejoras de la formación y del sistema educativo”? ¿Y cuántas medidas concretas y eficaces conocen en cada uno de esos ámbitos? No pretendo señalar sólo la inacción en el vértice de la pirámide, pues todos sabemos que en casi todas las esferas de la vida española -económica, sindical, política, judicial, universitaria, etc.- rigen unos intereses creados que funcionan al modo de resistencia pasiva (aunque a veces muy activa) a todo intento de cambio. Sería iluso pretender que esa inercia corporativa -por decirlo suavemente- se transformara de la noche a la mañana, pero la magnitud del reto no puede servir de coartada a la pasividad y al fatalismo.
Hablar en serio significa, en fin, afrontar la realidad con toda su crudeza, sin paños calientes, con todas sus consecuencias. Frente a la “modernidad líquida” y el “pensamiento débil”, frente a ese relativismo de la posmodernidad que nos dibuja un mundo blando y hedonista en el que se puede ser permanentemente inmaduro, hace falta coraje, determinación y esfuerzo. En la reciente película de Clint Eastwood sobre Nelson Mandela (Invictus), el personaje que representa al presidente sudafricano dice en un momento muy difícil para él -incomprendido y acosado por los más próximos- que sus conciudadanos le han elegido como dirigente... para que les dirija. En España el liderazgo -tanto nacional como autonómico- viene siendo entendido últimamente no como conducción sino como habilidad para ponerse a la cabeza de la manifestación. Y eso, señores, tampoco es serio.
Una de las más celebradas composiciones de Jaime Gil de Biedma empieza así: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde”. En nuestro caso, a nivel colectivo, corremos el riesgo de darnos cuenta demasiado tarde.
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