Opinión

Icnitas

Concha D’Olhaberriague | Martes 09 de febrero de 2010

Acabo de llegar de una excursión inolvidable por tierras de la Rioja y Soria con el propósito de ver las huellas de los dinosaurios.

Su nombre técnico, icnitas, viene a decir lo mismo en griego. Son varios los yacimientos de este tipo que hay en la península- alguno en Portugal-, pero sobresalen los de esta zona.

Para alcanzar el del Enciso hay que adentrarse por una angosta y serpenteante carretera que, encajonada entre montañas, supera el curso del río Cidacos.

El espectáculo del camino, fragoso, entre calizas pardas y ocres, preludia algo inusual y recóndito. Y así es. Encontrarse allí con las pisadas incisas de los imponentes lagartos, de acuerdo con la etimología helénica de dinosaurio, es perturbador más allá de la pertinente explicación científica, bienvenida siempre, aunque parcial y desprovista de poesía.

Lástima que no nos dejen disfrutar de los vestigios y su entorno en solitario. En aquel momento, lo adornaban un cielo azul incisivo y un friso de nubes grisáceas desmadejadas. Los feos bichos verdosos y gigantescos, plantados en el lugar, estorban la contemplación de un panorama de tanta intensidad y anacronía, molestan los vuelos de la imaginación. Aun de regreso, se inmiscuyen torpemente en el recuerdo.

Por eso gusta más el conjunto de Los Cayos, en el municipio de Comargo. Las icnitas se hallan aquí integradas en su medio, sin rastro del hombre, salvo por el techado que las cobija. Más abajo, las ruinas de una casa de pastor abandonada hace tiempo nos hablan de una ocupación pretérita.

Cerca, terrazas con almendros a punto de florescencia, y, en lontananza, el Moncayo, revestido de blanco luciente hasta media ladera, con porte de montaña sagrada.

Parece un capricho prodigioso de la naturaleza. Los iguanodontes, voz híbrida, mitad arahuaca y mitad griega, o los terópodos -de pies monstruosos-, y tantos más de sonoros nombres compuestos, alusivos a veces a la forma de las pisadas, nos legaron sus improntas en un paisaje de tremedal, bien distinto del páramo de nuestros días. Luego, los espasmos telúricos, repliegues y modificaciones de la corteza preservaron, al albur, ciertas trazas horadadas por las plantas de los monstruos para asombro nuestro, y hasta un tronco fosilizado, el árbol de Igea.

Y los lugareños anteriores a las películas jurásicas creían ver en las marcas fabulosas las pezuñas del caballo del Apóstol Santiago. Se habló, incluso, de un gigantesco león, no sé si enviado como castigo por alguna divinidad enfurecida cuando ya el hombre se paseaba por el sitio.

Eras y épocas se entremezclan e imbrican aquí componiendo una cosmogonía en abreviatura.

A falta de otras razones, el mito asiste y reconforta dando rienda suelta a la fantasía, cualidad humana por excelencia.

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