Regina Martínez Idarreta | Domingo 14 de febrero de 2010
Odio mi Ipod. Sí, lo odio con todas mis fuerzas y necesito gritarlo a los cuatro vientos porque si no, creo que voy a acabar empotrándoselo en la cara a alguno de esos seres felices que me dicen que alguna vez me acostumbraré a él. Odio mi Ipod porque nunca acabo de entender por qué el maldito Itunes se empeña en discriminar algunos de los discos que tan a gusto almacenaba en los fondos arcaicos de las carpetas de acumulaba en el disco duro de mi ordenador. Me saca de quicio que el genial corta pega, una de las mayores ventajas del mundo digital, sea demasiado mundano para el bicho arrogante que me desafía escudado en su puñetera manzanita. Con lo fácil que era conectar mi chabacano mp3 de 30 euros en cualquier ordenador, copiar las canciones y/o archivos que me apeteciera e irme tan pichi con ellos. No, ahora eso no vale de nada. Mi Ipod decide dónde, cuándo y cómo quiere adquirir nuevas pistas y cómo ordenarlas.
Reconozco que la culpa es mía. Entono un mea culpa resignado y me fustigo cada día con los elegantes cascos de Ipod Nano por haberme dejado llevar por el marketing. Por haberme dejado engatusar por unos anuncios geniales llenos de gente cool, que vive la vida a juego con su Ipod mientras baila feliz temones que me cegaron con sus cantos de sirena. Me dejé tentar por un aparatito rosa brillante que por un momento me hizo creer que el mero hecho de poseerlo teñiría mi vida del color de su diabólica carcasa. Cuando lo tuve entre mis manos sentí una extraña emoción. Por fin entraba en el club de la manzanita, abandonaba la subclase de los Mp3 y podría comentar con otros Iponautas las maravillosas ventajas de nuestro gadget favorito.
Ilusa... Hoy hace casi cinco meses de aquello y aún tengo remordimientos por haber abandonado el club de los sin Ipod por un aparato que me desprecia sin palabras. Steve Jobs se aparece en mis sueños señalándome con un dedo burlón mientras se ríe de mí. Y yo, sinceramente, en el fondo creo que se ríe de todos nosotros, con más fuerza si cabe de los que se dicen encantados con su Ipod. Porque no me digan que no se requiere de un poder de convencimiento digno de Lucifer para conseguir que medio mundo acepte con gusto todos los inconvenientes de tu producto, sin rechistar, consolándose, mejor dicho, embelesándose con el mero hecho de poseer el aparato por ser de tu marca. No me valen de nada las chorradas sobre la calidad del sonido, el maravilloso diseño o lo divertido que es darle a la ruedita. Si alguien fuera capaz de ser objetivo y sustraerse del buen rollito que provocan Apple y sus colorines, nadie tendría duda alguna a la hora señalar que el Ipod es un auténtico coñazo.
En el mundo según Apple aquello de que el cliente siempre tiene la razón ha pasado a la historia. Ahora el consumidor ha de adaptarse a los caprichos del genio-artista-vendedor que es quien decide qué es lo mejor para él. Para él mismo, por supuesto. Gastarse una pasta en un aparatito ‘al que hay que acostumbrarse’, mucho más caro que otros de su misma clase que ofrecen más prestaciones, es un absurdo sólo comprensible un mundo de tontos. Un mundo en el que si nos lo venden bien y envuelto en muchas palabrejas biensonantes y aderezado de un rollito pseudomesiánico, somos capaces hasta de comprar mierda.
Y juro que me entra la risa floja cuando veo a tontos útiles emocionándose con los discursos plasticosos de Steve Jobs. Cuando veo que los ‘soñadores’ y los ‘rebeldes’ del siglo XXI se les hace el culo pepsi cola y se sienten más ligeros y más todo, con el corazón henchido de fe e ilusión, al escuchar las palabras de ese gran capitalista –esto lo digo sin ningún ápice de mala leche- al que si no fuera por sus pantalones estudiadamente rotos y su barbita canosa de tres días, aborrecerían por ser miembro de ese ‘sistema’ que ha vaciado al mundo. A fuerza de ser cools, profundos y buenrollistas acaban confundiendo el culo con las témporas y cayendo en ese consumismo febril y alienante que tanto critican. Ellos y su querido Steve Jobs. Pero así somos y así estamos. Abriendo telediarios con la noticia del lanzamiento de su último invento, que ocupa portadas de periódicos, convirtiéndolas en escaparates vergonzosos al servicio del marketing más sibilino y peligroso. Qué quieren que les diga, pero puestos a elegir, prefiero a los malos que lo parecen que a los que lo disimulan. Al menos los primeros son más honrados.
Y en esto estoy, intentado hacer campaña contra ese aparato infernal que ha conseguido casi que pierda el gusto por escuchar música. Sin embargo, juro que no dejaré de usarlo hasta que se le caiga la última pieza. A pesar de que no tenga grabadora, como mi querido Mp3, de que no me deje almacenar archivos, de que no pueda conectarlo a otro ordenador que no sea el mío, de que sea más delicado que la princesa del guisante... A pesar de los pesares, aguantaré estoicamente. Ésa será mi penitencia por haberme dejado conquistar por Steve Jobs y sus secuaces.
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