Miércoles 17 de febrero de 2010
La detención en la ciudad pakistaní de Karachi del máximo jefe militar de los talibanes, Abdul Ghani Bradar, es una excelente noticia. El hombre más buscado, tras Osama Bin Laden y el mulá Omar, está considerado como la figura talibán más importante detenida desde el comienzo de la guerra en Afganistán y uno de los más violentos de la organización terrorista. En este sentido, conviene tener en cuenta el lugar donde ha sido detenido, Pakistán y no Afganistán. Ello demuestra hasta qué punto la conexión terrorista entre ambos países existe; tan es así que hay amplias zonas del oeste y norte de Pakistán controladas por los talibanes.
Pero la diferencia entre ellos es grande. Afganistán intenta ahora, entre ímprobos esfuerzos propios y ajenos, salir adelante tras demasiados años de conflictos armados. Pakistán, en cambio, es un país más “viable”, con estructura de estado y un funcionamiento de las instituciones aparentemente normal -aunque manifiestamente mejorable-. Un país, en suma, con un halo de normalidad idóneo como para ser utilizado como refugio por un lado y lanzadera de terroristas por otro. De ahí la importancia de que la operación que condujo a la detención del líder talibán se llevase a cabo de manera conjunta entre los servicios secretos pakistaníes y norteamericanos. Hay aún muchas dudas sobre la confianza que ofrecen los primeros, toda vez que los integristas están infiltrados en la práctica totalidad de cuadros de mando del ejército pakistaní. Pero la colaboración en este tipo de actuaciones puede disuadir a más de uno a la hora elegir el bando equivocado. De ahí que sea crucial apoyar firmemente la política de Obama de integrar a las autoridades locales tanto afganas como pakistaníes en la lucha antiterrorista. Más que nada, porque ellos también sufren sus consecuencias
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