Alicia Huerta | Miércoles 17 de febrero de 2010
Que en política no se va nadie por mucho que se le haya descubierto su gran ineficacia colgando de los bolsillos y de los pliegues del cerebro, es algo tan sabido que parece una pérdida atroz de tiempo y de energía pedirlo. A pesar de que, como escribía Ambrose Bierce, dimitir es la actitud más conveniente cuando a uno están a punto de echarle a la calle, en nuestro país los ejemplos de dimisiones de políticos que la han cagado y han decidido ellos solitos irse a su casa, todavía hay que buscarlos debajo de las piedras. En realidad, más o menos igual que en la inmensa mayoría de los países, aunque en los anglosajones, por lo menos, para obligar a algún político que lo está haciendo rematadamente mal a que se vaya, siempre les queda la opción de husmear en su vida privada y encontrarle alguna amante debajo de la cama o metida en el armario. Obvio que para las señoras políticas el tema funciona igual, no vaya a ser que ahora me tachen de machista por no añadir algún – alguna.
En todo caso, aquí, en España, no. Y la verdad es que me parece bien. Cada uno en su casa o, más bien fuera de ella, que haga lo que le venga en gana. Los cotilleos sobre quién se acuesta con quién y sobre las exóticas preferencias o manías sexuales de los representantes de la soberanía popular, aunque se conozcan, entran en el pacto secreto de los medios, más que nada porque en los países mediterráneos, no digamos ya en Italia, en vez de escándalo, lo que proporciona al político en cuestión es una especie de prestigio hormonal. Lo que ocurre es que esta sana mentalidad liberal nos deja sin más alternativas para forzar una necesaria dimisión que las de los trapicheos urbanísticos, hoy ya secos, cual terreno de regadío recalificado, después de tanta pillada.
Así es que a Rajoy, que desde que perdió las pasadas elecciones también ha tenido que escuchar eso tan chungo de que a uno le pidan que se vaya, hay que reconocerle que ayer estuvo ingenioso en el Congreso. Como sabe muy bien que uno se aferra al sillón giratorio del cuero del poder y que de allí no se baja si nadie consigue colocarle un efectivo petardo debajo del culo, ha apelado a sus contrarios para que sean ellos, que sí que pueden, quienes manden a su líder a casa para no seguir en las Batuecas sin arreglar nuestra decadente economía y así alejarnos del fantasma de Grecia y volver a los brazos de Francia y Alemania. Una lástima que Zapatero no haya recogido bien el guante y que nos hayamos perdido un bonito duelo, porque retar a Rajoy a que, si tiene valentía y coraje, le presente una moción de censura, más que de ingenio, es prueba de chulería. Sabe que a Rajoy no le salen las cuentas de la dichosa aritmética política y está tranquilo.
Pero lo que es una verdadera pena es que nuestro congreso no sea tan ameno y combativo como el parlamento de Westminster. ¿Se imaginan a nuestros políticos comprimidos en esas verdes sillas pegadas unas a otras, en ocasiones de pie porque no hay sitio para todos, y al orador en esa mesa central que recuerda a un ring de boxeo? ¿Escuchando abucheos e interrupciones, en vez de los aplausos complacientes que llegan de la propia grada? En serio, mucho más divertido.
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