Viernes 19 de febrero de 2010
José Luis Rodríguez Zapatero ha tomado una medida concreta para paliar la crisis económica: constituir una comisión. Después de tres años. Dicha comisión estará formada por la vicepresidenta segunda y ministra de Economía, Elena Salgado, y los ministros de Fomento, José Blanco, e Industria, Miguel Sebastián. Llama la atención que la iniciativa en cuestión sea lo único tangible de cuanto el Gobierno ha hecho para afrontar la dificilísima situación económica que vive España, casi tanto como la composición de los miembros que la conforman. O mejor dicho, que no la conforman. La ausencia del ministro de Trabajo en una cita semejante es difícilmente comprensible, toda vez que el único liderato que ostenta España de manera incontestable es el de la destrucción de empleo.
Aunque también es posible interpretar la ausencia de Celestino Corbacho como la idea del Gobierno de no tocar apenas nada el actual marco laboral español, tan necesitado como está de un impulso dinamizador. Y es por ahí por donde el Partido Popular no está dispuesto a pasar. Tienen razón en Génova cuando dicen que no están por la labor de escenificar una corresponsabilidad de la que no son en absoluto partícipes, ni a prestarse a un “trágala” de más de lo mismo. Hay que cambiar, ya mismo. Lo que se ha estado haciendo hasta ahora ha llevado al país a la actual situación, por lo que urge variar la manera de hacer las cosas. Y a eso se refiere el PP cuando dice que no pactará continuismo, sino medidas nuevas que reviertan la coyuntura presente. Esas medidas le competen al gobierno realizarlas. Pero a la oposición verbalizarlas, escribirlas y explicarlas. La responsabilidad es del Gobierno pero necesitamos una oposición con el coraje de expresar y concretar lo que piensa, si queremos evitar que el “riesgo Zapatero” se convierta en “riesgo país”.
En general, el consenso, la amistad cívica, la koinonia, que decían los atenienses, es un valor fundamental en democracia. En aquel tiempo de ilusión y cambios, decía Fernando Abril de los pactos de la Moncloa que el principal activo de los mismos era la voluntad de acuerdo. Y es cierto. Pero esa voluntad –conviene no olvidarlo en estos días- tenía contenido: expresaba la firme determinación del entonces gobierno de UCD, de la oposición socialista y de los sindicatos, de implementar medidas de ajuste valientes y específicas; es decir, duras y sacrificadas. Con más o menos acierto pero, en general, con buenos resultados, se hizo lo que se pensaba era necesario. No hubo cosmética, ni estrabismo de política virtual a golpe de sondeo. Y la opinión lo comprendió y apoyó. El acuerdo por el acuerdo, como política de imagen en una política de realidad virtual, empieza y termina en una página en blanco. Y ahora, como entonces, se necesitan páginas de cifras realistas que expresen la decisión de imponer una estrategia de austeridad. Con decisión y seriedad. Sin embargo, ese espíritu y ese contenido es lo que hoy falta.
Por eso, los ciudadanos empiezan a estar hartos -y con razón- de tanta bronca política, tanta reunión y tanto hablar. Hacen falta más medias concretas y menos comisiones estériles. España se juega mucho en ello; entre otras cosas, que los mercados vuelvan a recuperar la confianza en un país cuyos líderes deben demostrar que están a la altura de las circunstancias. En sus manos está.
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