Viernes 19 de febrero de 2010
Lo sustancial del último debate sobre Economía no fueron las propuestas de Zapatero para salir de la crisis, porque no tuvo a bien explicarlas, sino el conocimiento palmario de sus intenciones estratégicas sobre su propio Gobierno.
Zapatero realizó, en efecto, una crisis de Gobierno de hecho, aunque sin decirlo claramente. Rediseñó los equilibrios de poder en su Gabinete y en su entorno político más inmediato. Elevó a las alturas a unos y llevó a los infiernos a otros, aunque también hubo quien se quedó en el limbo.
Para empezar, lo más clamoroso: el ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, puede darse por destituido. Si él, que arrastra la responsabilidad sobre el mercado de trabajo, no tiene nada que decir en la crisis, es que no tiene nada que decir sobre nada.
Pero hubo víctimas colaterales. Pues si el vicepresidente tercero del Gobierno, encargado de las negociar con las Comunidades Autónomas, tampoco tiene nada que aportar, teniendo en cuenta el papel que éstas tienen en los negocios globales del Estado, entonces es que Manuel Chaves también sobra en el Ejecutivo.
Pero, más aún. Si el portavoz parlamentario del PSOE, José Antonio Alonso, fue puesto en ridículo al ser marginado cuando ya había empezado las negociaciones con los demás grupos parlamentarios, no es para augurarle un gran futuro político.
Y, definitivamente, si la hasta ahora primera espada en las negociaciones políticas, la vicepresidenta de ese cometido, Teresa Fernández de la Vega, tampoco tiene nada que decir, su sillón huele a pólvora.
Por el contrario, dos ministros han ocupado puesto primordial en la más importante operación política de Zapatero, que es la de convencer a los demás grupos para que no le dejen solo en el fracaso de su política económica. Ahí están Miguel Sebastián, ministro de Industria, y José Blanco, de Fomento. ¿Qué tienen que decir un regulador y un inversor? Básicamente que son amigos de Zapatero y tienen su delegación. Porque no se entiende que un ministro de gasto, como es Blanco, que tendría que pelearse por su presupuesto amenazado, sea el que negocie un pacto sobre la política económica que decide, precisamente, cuanto le toca a Blanco. ¿O es que Blanco va a la Comisión negociadora para ablandar a los interlocutores con promesa de inversiones de Fomento?
Realmente, Blanco está en esta comisión como vicepresidente político in pectore, pues lo de Fomento se le queda corto para la misión encomendada. Y Sebastián no va para diseñar una política energética, sino para hacer de escudero de Salgado en su exposición sobre la política económica.
La realidad es que para negociar sobre economía, hubiera bastado con la vicepresidenta del ramo, Elena Salgado, y su secretario de Estado, que es el que sabe, José Manuel Campa, los protagonistas del road show internacional. Pero estamos en una negociación política, pues el Gobierno ha reconocido que ni siquiera tiene una propuesta que ofrecer sobre la crisis.
Y no solo una negociación: una actuación política directa contra su principal adversario, el PP. Por eso Blanco se ha arrancado en su “negociación” con insultos a Rajoy. Y así no suele negociarse.
Pero Blanco está fuerte, porque se sabe el ariete de Zapatero. Mientras otros penan con humillaciones los fracasos de su jefe, que les ha puesto ahora en la senda de la agonía política.
Zapatero no sabrá qué hacer ante los problemas económicos, pero maneja muy bien su estrategia interna. Y por eso es imprescindible para su partido, aunque éste se vaya llenando de cadáveres.
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