Crítica de cine
Sábado 20 de febrero de 2010
En Shutter Island se confirma la confianza que su director, Martin Scorsese ha depositado en su actor fetiche, Leonardo DiCaprio. Es la cuarta vez que ambos trabajan juntos en una película.
Es la cuarta vez que Martin Scorsese confía a Leonardo DiCaprio el personaje protagonista de una película. Después de Gangs of New York, El Aviador e Infiltrados, DiCaprio parece haberse convertido en el actor fetiche del veterano director, que en esta ocasión le mete en la piel de un policía judicial encargado de investigar la extraña fuga de una reclusa de un inexpugnable hospital penitenciario, cuyos siniestros pabellones albergan a los enfermos mentales más peligrosos del país, aquellos que ya no aceptan en ninguna otra institución. Pero DiCaprio no está solo y la elección del reparto que apuntala su interpretación es una de las claves del éxito de la cinta que se acaba de estrenar a nivel internacional en el Festival de Berlín y que, por cuestiones de promoción, tendrá que esperar a 2011 para competir en los Oscar. Junto al protagonista, el siempre solvente Ben Kingsley, y otros secundarios ya consagrados en Hollywood como Max Von Sydow, Michelle Willliams y Mark Ruffalo.
La acción de este opresivo thriller psicológico que adapta una novela de Dennis Lehane, cuyo libro Mystic River fue llevado al cine por Clint Eastwood, transcurre a principios de los años cincuenta, una época en la que los Estados Unidos empezaban a reponerse de la II Guerra Mundial a la vez que caían en un periodo marcado por el miedo a la Guerra Fría. También por la paranoia ante la amenaza comunista que veía persecuciones o traición en muchos ciudadanos. Con ese particular trasfondo, Scorsese crea con maestría un opresivo paisaje en Shutter Island, la escarpada isla en la costa de Boston que alberga Ashecliffe, el hospital mental para reclusos especialmente peligrosos, y recrea la necesaria atmósfera de terror a la que contribuye la indispensable tormenta y los siniestros personajes que dirigen y cuidan de la institución. Y, por supuesto, no faltan esos primeros planos y movimientos violentos de cámara que tanto gustan al director, que ya había hecho antes otra incursión en el cine de terror a través de personajes con una mente enferma pero muy elaborada, aunque en Shutter Island el elemento psicológico cobra mucha más trascendencia y misterio que en El cabo del miedo, protagonizada por Robert de Niro. En todo caso, el guión pretende incidir tanto en esta complejidad psicológica que acaba por resultar algo repetitivo y corre el riesgo de que el espectador encuentre la clave del misterio mucho antes de lo deseado, es decir antes del estudiado final, una escena de escasos minutos, pero que es, sin duda, la más conseguida de toda la cinta.
Scorsese reconoce que su último filme supone una amplia suma de influencias que incluye grandes clásicos del cine negro, del de terror, así como del cine expresionista alemán y, en lo que se refiere a la dirección artística, del largometraje El Proceso, la adaptación que en 1962 realizó Orson Welles de la novela homónima de Frank Kafka, empleando largos pasillos, túneles y techos claustrofóbicos y, en general, en el modo de filmar imágenes distorsionadas que en Shutter Island se corresponden con los sueños que asaltan al protagonista mezclándose con la realidad de los hechos que debe investigar.
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