Opinión

Rajoy, campeón del 'Un, dos, tres'

Aurora Nacarino-Brabo | Sábado 20 de febrero de 2010
Ahora que soy ama de casa, que bordo la pasta a la siciliana, que practico curas a mi abuela con la destreza de una enfermera avezada. Ahora que son solo nueve las caras de Don Juan Carlos que alberga mi depauperada cuenta corriente, empiezan a cobrar sentido las palabras de mi hermano pequeño. Alex, que tiene 14 años, me comunicó hace unos días sus aspiraciones para el futuro: “yo de mayor quiero trabajar en la oposición -sentenció- lo único que hay que hacer es quejarse, y encima te pagan una pasta”. Como ven, incluso a los ojos de un niño resulta trasparente la aportación de los de Génova a la política española.

Rajoy nos ha regalado innumerables muestras de talento vocinglero. El suyo es un caso típico de complejo de concursante del 'Un, dos, tres'. Un buen día, alguien le dijo: “Mariano, por 8.000 euros al mes, díganos descalificaciones. Por ejemplo, 'bobo solemne'. Un, dos, tres... responda otra vez”. Desde entonces, han transcurrido ya seis años sin que se le haya visto desfallecer o flaquear. Dos largos trienios en los que se ha revelado un coleccionista infatigable de oprobios, escarnios y mofas; de un genio creativo tan apabullante que una no acaba de entender la fama de haragán que se le atribuye.

Sus correligionarios de bancada en el Congreso parecen sacados de esa magnífica canción de Serrat, 'La aristocracia del barrio' (en el caso concreto de Camps, la letra está hecha a su medida, como si de un traje de El Bigotes se tratara). Cacarean al líder, jalean sus arengas y aplauden a rabiar sus gracietas. De este modo, entre todos desgastan al Gobierno con la esperanza de que un golpe de suerte les catapulte hasta La Moncloa. Este ha sido, a grandes rasgos, el funcionamiento del PP a lo largo de su historia.

Por esta razón, no deja de ser sorprendente que las encuestas de opinión le sitúen por delante del PSOE en intención de voto. Analicemos la situación: la España de Zapatero, la que crecía más que nadie y creaba más empleo que nunca (¿lo recuerdan?), se vio sacudida por una crisis de origen internacional que ninguno de los respetables y ¿competentes? organismos monetarios que ahora nos tira de las orejas fue capaz de prever. En segundo lugar, si la coyuntura actual es más enconada para nuestro país, tal vez debería explicar algo el partido responsable de la burbuja inmobiliaria que ahora nos subyuga. Los populares hicieron de la especulación urbanística el santo y seña de su política económica durante dos legislaturas. No obstante, Rajoy elude cualquier responsabilidad en lo sucedido y tampoco parece dispuesto a aportar ideas que nos encaminen a la solución del problema. El líder de la oposición dice tener la receta para sacarnos de esta, pero de momento no se anima a iluminarnos con una sola propuesta. Por otro lado, el partido patriota, cuyo lema es “cuanto peor, mejor”, sabe que su única oportunidad de acceder al poder no pasa por unos méritos propios que no puede acreditar, sino por el fracaso del Gobierno. En este sentido, su posición actual es muy cómoda.

Y en esas estamos cuando Alex vuelve del cole, me pide la comida y empieza una conversación en torno a las grandes batallas libradas por el imperio otomano que tanto le fascina. Después cambia de tercio y, tras tomar un gran sorbo de Coca-Cola, me lanza una enrevesada pregunta sobre la guerra de Corea que, por supuesto, no sé responder. Advirtiendo mi nesciencia, se da por vencido y decide encender la tele. Aparece Rajoy, que suma y sigue en el 'Un, dos, tres' de su vida. Qué campeón.

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