María Cano | Domingo 21 de febrero de 2010
"La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia.” Amos Bronson Alcott.
La política, como espectador, puede entenderse como una gran partida de ajedrez entre dos grandes rivales. Soy una entusiasta jugadora cartas, dardos, juegos de mesa y, sobre todo, de estrategia y como tal sé admirar la calidad y el buen juego de un contrincante brillante.
Cuando los rivales son buenos, como en un gran partido de fútbol, el evento se celebra desde las gradas, se saborea, se sufre, se interpreta cada jugada y, en definitiva, se disfruta muchísimo gane quien gane. Cuando los que se enfrentan son mediocres, la partida aburre y los asistentes pierden el interés pasando a comentar pequeños dramas humanos, chascarrillos de oficina o novedades culinarias recién aprendidas. Pero cuando los jugadores son malos, los aficionados no perdonan la torpeza ni la falta de esfuerzo de los contrincantes, en especial de aquellos que reciben con indignación los abucheos y críticas de un público que castiga la incompetencia y la desfachatez de ir de estrella por la vida sin sudar la camiseta y sin despeinarse.
Algo así nos ocurre a muchos con el espectáculo político al que asistimos, resignados, a diario.
Que Zapatero no vio venir la crisis, a pesar de los indicios, opiniones de expertos internacionales e, incluso, del resto de los países es un hecho. Aunque no hubiera pasado de error de cálculo si una vez enfangados hasta las orejas se hubiese sacudido la soberbia a golpe de medidas que podrían haber evitado el gran cenagal en el que nos ahogamos.
Pero no sólo ha perdido el tiempo mientras otros, como Francia o Alemania reaccionaban con premura, lo peor de nuestro Gobierno, lo aterrador es que Zapatero no tiene ni pajolera idea de cómo salir de ésta. Y para colmo, lo pregona. Este domingo le ha pedido al PP, por enésima vez, que arrime el hombro, que ayude “a España y no al Gobierno” (no vaya a ser que alguien piense que el Ejecutivo necesita ayuda), y que proponga soluciones para salir de la crisis. Y lo más lamentable del asunto es que, probablemente, el presidente ni siquiera sea consciente de lo que nosotros, meros espectadores palomitas en ristre, detectamos y pensamos tras analizar al detalle la partida. No es que sea un rival mediocre, es que ni siquiera sabe jugar.
Pero como se ha colado en la partida, él se mantiene en ella disimulando, erguido, con la cabeza bien alta y fingiendo ser un experto ajedrecista. Eso sí, bien enrocado y sin sacrificar ni un peón. Sospecho que esta partida no va a acabar con un jaque mate letal de un contrincante que tampoco está luciéndose. Aparcada ya la fase de las recetas y los chismes, ensayamos abucheos en voz baja con nuestra atención fijada, de nuevo, en el tablero porque nos va el bolsillo y el futuro en ello. Sinceramente, en este minuto de mi vida no sé si ponerme a hacer la receta de gosúa de mi tía mientras mascullo entre dientes o silbar a pleno pulmón hasta desmayarme. Mientras lo pienso, me voy a la “Taberna de los conspiradores”, a ver si me inspiro. Eso sí, con un tablero de ajedrez bajo el brazo.
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