José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 22 de febrero de 2010
“La justicia, resorte moderador que a la vez que regula la vida social es la base más firme sobre que descansa el complicado mecanismo de las funciones colectivas e individuales (…) Sin justicia, que es el don más precioso que Dios ha servido otorgarnos, la existencia sería imposible; las pasiones, innatas en el hombre, no podrían, al desbordarse, ser contenidas y domadas, ni siquiera con el beneficioso concurso de la educación, si no contáramos con el freno del imperioso ejercicio del Derecho. El respeto recíproco que todos nos debemos; el sometimiento a la autoridad; la obediencia a los mandatos de la Ley; el orden, en una palabra, que es la salud de las naciones, serían palabras vanas y conceptos sin sustancia si la justicia, augusta e inmaculada, no imperara con indiscutible y plena soberanía”. Palabras tal vez algo grandilocuentes si no un punto tronitronantes como en los tiempos en que D. Natalio Rivas –su autor- se formó culturalmente y militó políticamente, pero muy verídicas y sustanciosas.
Su principal valor, empero, no depende de su fibra conceptual ni de su estilo literario. Es el personaje y su tiempo (1888-1958) los que conceden al texto una trascendencia singular. Aunque juez de profesión, fue la política la entraña y raíz últimas de la existencia de uno de los hombres públicos granadinos más conocidos del reinado de Alfonso XIII, del que fuese una vez ministro tras haber escalado, peldaño a peldaño, todo el cursus honorum de los gobernantes de la Restauración. Tanto en ella como durante la Segunda República y el franquismo es bien sabido que su clase dirigente se vio aseteada inmisericordiosamente por toda suerte de dicterios, centrados en su mayoría en la corrupción económica a la que sus miembros, en la versión indicada, se entregaron casi sin salvedad. Hoy la crítica histórica ha invalidado gran parte de dicha censura y devuelto su buen nombre a no pocos integrantes de los cuadros rectores del régimen canovista en su segunda travesía. Aunque el excelente cronista de un ancho tramo cronológico y biográfico del siglo XIX no fuera personalmente objeto de tales acusaciones –excepción hecha de su inembridable pulsión por dar empleo, sin otra exigencia que no fuese la gratulatoria, a todos los naturales de su comarca natal, las Alpujarras…-, algunos de los prohombres del partido liberal de su círculo más cercano sí lo fueron y, a las veces, ex abundantia, al paso que estuvo bien al tanto de todos los entresijos del Poder y las Finanzas en que suelen anidar las semillas de la corrupción.
Con tal currículo y brega y unas actitudes alejadas del puritanismo y la gazmoñería, el canto a la Justicia salido de la fértil pluma del biógrafo, entre otros, del sobresaliente hacendista y gobernante fernandino Luis López Ballesteros provoca, en la España del presente, una singular emoción. No hay, como expresaban en el surco de la tradición romana nuestros juristas medievales, otro fundamento de reinos, principados y repúblicas que la Justicia. No hubo que esperar, en los pueblos de Occidente, a la “era de las revoluciones” y de los patriotismos constitucionales para labrar sobre ella los principios del cualquier convivencia. No habrá que extraviarse en los meandros y estridencias de la vida pública del último calendario de nuestro país para continuar creyendo en su primacía inconcusa y apostar resueltamente, por encima de las vicisitudes y lances de sus custodios y garantes, por el único fundamentalismo racional y salvador.
TEMAS RELACIONADOS: