Opinión

Viajes a ninguna parte

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 22 de febrero de 2010
Más de una vez se ha comentado que, durante la legislatura pasada, Zapatero hacía todo lo posible para no salir de España. Llegó incluso a cometer imperdonables faltas protocolarias con tal de dormir cada noche en su residencia monclovita. Pero desde que empezó esta segunda legislatura se dispuso a recorrer mundo y lo cierto es que su agenda viajera ha crecido mucho, quizás demasiado, porque ya hay quien dice que sale de España para no tener que enfrentarse con el caos interior. Un caos que no se ha producido por generación espontánea sino que es el resultado de la impericia, de la suya propia y de la de su equipo. Los dirigentes políticos viajan al extranjero por sus compromisos internacionales, pero también para “ganar imagen” para sus países. Un viaje exitoso no sólo puede obtener réditos políticos sino que, si está bien planificado, puede conseguir sustanciosos beneficios económicos estimulando las inversiones extranjeras y aumentando el crédito y la confianza del país ante los mercados, ¡ah los mercados!, esos entes inaprensibles y versátiles que cambian de un día para otro y que, por lo que se ve, se le han atragantado al Presidente español. Lleva dos meses Zapatero en que cada viaje le cuesta un disgusto y vuelve con un sofión en la maleta, pero vacía de resultados tangibles.

Primero fue el papelón de Davos con la foto entre el griego y el letón; después la cumbre de Bruselas, en la que sus colegas importantes –los del “corazón de Europa”- le dejaron sin foto como a un niño malo se le deja sin postre. Finalmente, por ahora, ha sido Londres, donde Zapatero parece que se ha empeñado –desde el famoso 10 de Downing Street- en echar por tierra los esfuerzos y los buenos oficios desplegados hace sólo unos días por la vicepresidenta económica y su secretario de Estado. ¿Quién prepara los viajes del Presidente y los discursos que suelta por ahí? ¿No habrá en La Moncloa algún infiltrado de la oposición que le hace hacer lo que hace y decir lo que dice, casi siempre con un efecto bumerán? ¿Por qué se está especializando Zapatero en tirar piedras contra su propio tejado que, de momento, es el tejado de todos nosotros?

No hay nada más típico de un mal gobernante que la tendencia a cargar sobre otros las culpas de sus personales errores. Enredado en su laberinto y sin encontrar la salida, el mal gobernante recurre a la manida teoría de la conspiración y coloca el cartelito de enemigos -o de antipatriotas si son de dentro- a cualquiera que no aplaude su desgobierno. Zapatero ya ha hecho suya esa teoría conspirativa (“¡son los enemigos del euro y van a por nosotros porque piensan que somos el eslabón débil de la moneda única!”). De un momento a otro nos puede sorprender echando mano del concepto de “la anti-España”, de rancia raigambre franquista: “Ladran porque cabalgamos”, que decían con frecuencia las jerarquías de aquel régimen cuando se sentían acosadas desde fuera por lo que también llamaban “la conspiración judeo-masónica”. Concepto este último que, por razones obvias, no se utilizará ahora, aunque -por lo que hace a la primera parte, la relativa a los judíos- algunos sectores de la izquierda, de esos que se ponen en cuanto tienen ocasión el pañuelo palestino, es posible que se queden con las ganas.

Primero se intentó descalificar a la prensa anglosajona que tiene el enorme defecto de que no le duelen prendas, le canta las verdades al lucero del alba y dispone de un plantel de expertos que no se dejan colar la versiones oficiales, cuando son mera propaganda. Protestar porque unos medios informativos, en uso de su libertad de expresión, digan algo que duele, sólo lo hacen los regímenes no democráticos y fue lamentable que desde el Gobierno se hablara de una supuesta campaña antiespañola. Precisamente para deshacer ese entuerto –el de culpabilizar a los medios- se desplazó a Londres el comando económico que hizo lo que pudo, al parecer con algún resultado positivo. Hasta que llegó Zapatero y arremetió contra los mercados, confundiendo además conceptos porque los asimiló al sistema financiero, fruto seguramente del confuso anticapitalismo que deglutió en su juventud y que da toda la impresión de que no ha digerido del todo. ¡Qué más quisieran los bancos que controlar a su antojo a los mercados! No deja de llamar la atención que, cuando la economía española iba bien, se dijera a menudo desde este Gobierno que una buena prueba de su solidez era lo bien que trataban los mercados a los valores españoles. Ahora resulta que se han convertido en los malos de la película.

No puede extrañar que aquellas dos tardes de Sevilla, el ex-ministro, no bastaran para dotarle al Presidente de un suficiente armazón económico. Más sorprendente es que seis años de gobierno (?) no le hayan enseñado que, en cuestiones económicas, hay que dejar de lado la ideología y utilizar los instrumentos de la ortodoxia económica, como hacen todos los Gobiernos serios y responsables. Sería deseable que el Presidente no dijera esas machadas que nos avergüenzan, pero, en cualquier caso, lo mejor sería que no las dijera cuando viaja al extranjero. En casa todos nos conocemos Lo que vale para Rodiezmo no vale para el 10 de Downing Street. Habría que recordarle a Zapatero el pensamiento de Pascal: “Las desgracias de los hombres provienen de una sola cosa, que es no saber quedarse quietos en una habitación”. ¡No viaje tanto, Presidente, que hace mucho frío por ahí!

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