Opinión

Delfos

Concha D’Olhaberriague | Martes 23 de febrero de 2010
No voy a hablarles del santuario de Apolo, al pie del monte Parnaso, ni de su famoso oráculo proferido por la pitonisa.

Este Delphos, que así lo escribían en la época, es un vestido singular y lleno de misterio, inspirado en los pliegues y la cadencia de la túnica del famoso Auriga y en el jitón jónico y el peplo ático -vestimentas femeninas apreciables aún en los vasos de cerámica o en las esculturas griegas- y concebido por Mariano Fortuny y Madrazo, hijo del pintor de la luz, los paisajes y las escenas de Marruecos y sobrino del retratista Raimundo de Madrazo bajo cuya influencia artística se educó Mariano hijo en París.

Como si de una premonición se tratara, nos recuerda Guillermo de Osma al niño jugando con las telas de su padre en el cuadro del Prado titulado Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano en el salón japonés.

Este niño sería con el tiempo un artista múltiple, sin lindes entre artes menores y bellas artes. Cultivará el diseño textil, la luminotecnia, la escenografía, la decoración y la fotografía, además de la pintura y el grabado, artes éstas de sus antepasados de varias generaciones por parte materna.

De París pasó a Venecia, instaló su estudio en el palacio Orfei que hoy alberga su museo, y terminó allí sus días el año de 1949.

Sus modelos y objetos decorativos causaron fascinación entre las damas de la alta sociedad europea. Marcel Proust recuerda cómo Albertina lucía un elegante Delphos y otros varios escritores, entre ellos Gabriele D’Annunzio, ponderan la elegancia y sensualidad de su vestido más afamado.

Más cerca de nosotros, el poeta Pere Gimferrer se hace eco de los atractivos de esta refinada prenda que realza el cuerpo femenino, acentúa sus líneas al tiempo que las oculta en tornasol y viste a la mujer con una tela exquisita y delicada que sugiere una sobrepiel.

A veces, las mangas se unen al cuerpo con una sarta de cristal de murano. Cada Delphos es único, artesanal y artístico. Si la inspiración primera de Fortuny nace tras un viaje a Grecia en 1906, más tarde incorpora a sus atuendos influjos de oriente y motivos ornamentales venecianos.

Los suaves tejidos de tonalidades irrepetibles, azuladas, grisáceas, melocotón o fucsia se adornan con estarcidos metálicos o irisados. Tafetán, terciopelo y shantung de seda para las túnicas helénicas u orientales como el Aba, y gruesas sargas para los cortinones que tapizan las paredes o separan las estancias son los tejidos predilectos del artista de la Belle Époque, devoto de la belleza, los ambientes amables y la voluptuosidad finisecular.

Sus creaciones fueron celebradas en la exhibición de artes decorativas que albergó el Louvre en 1911; adornó las mansiones de aristócratas como la princesa de Noailles y las divas del espectáculo Isadora Duncan o Eleonora Duse fueron fieles clientas suyas. En 1922 se le encargó el pabellón español de la Bienal de Venecia y en 1924 fue nombrado cónsul honorario de España.

Fortuny y Madrazo era un genio olvidado -decía este periódico hace unos días-, a quien ahora recuerda el Museo del Traje de Madrid en una estupenda exposición titulada Inspiraciones que acaba de inaugurarse.

Y en curiosa sincronía, la novela de María Dueñas El tiempo entre costuras, que está disfrutando de un merecido éxito, cuenta con talento narrativo que Sira Quiroga, la protagonista, una costurera resuelta e imaginativa, satisface la premura de una clienta muy especial, Rosalinda Fox, emulando el modelo más renombrado del artista granadino de Venecia.

Sira desvela y detalla el secreto del plisado patentado por Fortuny, quien registró también el instrumento para mejorar la caída irregular y volátil de los paños griegos y conseguir el descenso a plomo rebosante todo alrededor.

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