Jueves 25 de febrero de 2010
La muerte del disidente cubano Orlando Zapata Tamayo tras casi tres meses en huelga de hambre ha sacado a la luz la verdadera cara de un régimen, el castrista, que lleva oprimiendo a la población desde hace más de medio siglo. La historia de este albañil de 42 años, que fue sentenciado a 3 de reclusión por una huelga de hambre y posteriormente vio incrementada su condena a 25 más por “desacato, desorden público y resistencia” es paradigmática del trato que la dictadura castrista dispensa a los que osan reclamar algo de libertad.
Si ya en Cuba normalmente no se respetan los derechos humanos, qué decir del régimen carcelario de los disidentes. Años enteros sin apenas contacto con sus familiares, privación de hambre y sueño y palizas casi diarias -una de ellas fue la que agravó fatalmente el estado de salud de Orlando Zapata- son algo habitual. Además, el código penal cubano es claro y conciso a la hora de cotizar las penas por “delitos capitales”; sin ir más lejos, hablar mal de Fidel Castro en público puede ser tipificado como “traición”, y penado hasta con cinco años de reclusión en un “confortable” penal cubano.
Lo peor de todo no es que aberraciones semejantes sigan sucediendo en pleno siglo XXI, sino que se tenga noticia de ellas en Europa y no se haga absolutamente nada por evitarlas. Bien es verdad que no todos los países vuelven la vista hacia otro lado en el asunto de los derechos humanos en Cuba, pero es especialmente grave el caso de España, que ostenta la presidencia de turno de la Unión y que tiene al frente de Exteriores a un ministro, Miguel Ángel Moratinos, que de un tiempo a esta parte se ha erigido en el paladín del castrismo en el Viejo Continente. Ojala la muerte de de Orlando Zapata no haya sido en vano y abra los ojos a todos aquellos que, como Moratinos, ven al régimen cubano con una mezcla de simpatía y condescendencia.
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