Juan Velarde Fuertes | Jueves 25 de febrero de 2010
Hace no muchos años, un grupo muy importante de grandes economistas, miembros de la Mont Pelérin Society, que venía de los cuatro puntos cardinales y entre los que se encontraba Hayek, caminaba por las calles de Salamanca. Se dirigían al Convento de San Esteban a colocar varias coronas de flores en las tumbas de una serie de teólogos moralistas de la Escuela de Salamanca: los Domingo de Soto, los Pedro de Valencia. ¿Por qué? Sencillamente porque éstos habían sabido dar la respuesta adecuada a una consulta que, en 1517, los comerciantes españoles de Amberes habían hecho en la Sorbona a Francisco de Vitoria: la de si era lícito actuar, con todas sus consecuencias en los mercados libres financieros y en los de bienes, buscando el mayor enriquecimiento posible. Las aportaciones de estos teólogos, desde Martín de Azpilcueta defendiendo el cobro de interés, hasta Pedro de Valencia, quien afirmó aquello de que iba “a observar las prácticas de los comerciantes con sus propios ojos”, tuvieron como base la inutilidad de enfrentarse con el mercado. La Escuela de Salamanca hace así irrupción, como destacaron desde Schumpeter a Hayek, en el ámbito de la ciencia económica, con aportaciones tan importantes como la explicación del tipo de interés o la teoría cuantitativa.
Claro que no se puede incurrir en nacionalismos absurdos en el mundo de la ciencia. Por supuesto que existe una línea clarísima que va de Salamanca a Escocia como ha probado el profesor Gómez Camacho, y que impregna a Smith, y que ha sido investigada. Pero hay otras, como por ejemplo las que recoge el gran Jacob Viner al considerar que la “mano invisible” smithiana es un providencialismo optimista que, a su vez, parece proceder, de acuerdo con Germán Scalzo, de la teoría de que la “Providencia trabaja para optimizar el buen éxito del intercambio social”, de origen neo-estoico, frente a la tesis agustiniana epicúrea, de que el egoísmo, la búsqueda del provecho propio, “debe ser puesto a buen recaudo por la acción de la Providencia”.
Así, entre Salamanca y Escocia, con toda una serie de enlaces intelectuales que van de la Sorbona a los calvinistas, es como nace la economía de mercado. Eso es lo que capta nuestro Jovellanos, continuo lector de Smith, como se evidencia de sus “Diarios” , cuando proclama en su “Introducción a un discurso sobre el estudio de la economía civil” y refiriéndose concretamente a Smith: “Pero ¿es posible, me decía yo, que no haya un impulso primitivo que influya generalmente en la acción de todas estas causas y que produzca un movimiento, así como la gravedad, o sea la atracción, producen todos los movimientos necesarios en la Naturaleza?” Ahí está la raíz del “Informe sobre la ley agraria”, al aceptar, que el teorema de la mano invisible es a la Economía como la ley de la gravedad de Newton es a la Mecánica. Alrededor de este teorema fundamental se ha tejido grandísima parte de toda la ciencia económica.
Por supuesto que esa economía libre de mercado, o, repitámoslo, capitalista, se fundamenta en la especulación. Absurdamente se le da un sesgo despectivo a esta palabra. Un buen Diccionario de Economía, como es el de José B. Terceiro (Zero, 5ª edición, 1975), define acertadamente así “Especulación”: “Compra de bienes o valores con la esperanza de que su precio o cotización aumente en un plazo de tiempo”. En qué condiciones la especulación complica y no beneficia, ha sido investigado, en sus aportaciones sobre cosechas y precios del algodón egipcio, por Bresciani-Turroni durante su estancia como profesor en la Universidad Egipcia de El Cairo, con indicaciones en relación con el mundo financiero, que no hubiera estado de más, que se hubiesen tenido en cuenta recientemente. Pero debe recordarse también que Bresciani-Turroni mostró que tiene el intervencionismo de los mercados más limitaciones que oportunidades para el desarrollo, por lo que los daños de una actividad especulativa son menores que los de una intervención en los precios.
Además, esto –que es el capitalismo, o economía libre de mercado es lo que se comprueba que fue, juntamente con la globalización del tráfico a causa de los descubrimientos españoles y portugueses, y con la revolución científica a partir del siglo XVII la causa del nacimiento de la Revolución Industrial y, con ello, de la prosperidad que ahora reina en el mundo, mayor que en cualquier otra época. La comprobación empírica tomada de Angus Maddison y su “La economía mundial: una perspectiva milenaria” (OCDE. Mundi Prensa, 2001), es ésta: el Producto Interior Bruto por habitante del mundo creció, desde el nacimiento de Cristo hasta el año 1820 –momento del claro inicio de ese triunfo del capitalismo y de la Revolución Industrial , un 50%, y desde 1820 a 1998, un colosal 8.459%. Y si vamos al total de la producción, un avance del 577% desde el año 0 de la Era cristiana al 1820, contrasta con el de un 48.469% desde 1820 a 1998.
Finalmente, no tiene sentido creer que existen conjuras en los mercados, y que por ello es necesario actuar sobre ellos con intervencionismos severos, bien a escala nacional o bien a una internacional. No ha sido posible nunca superar esto que agudamente señala José Luis Feito en su “En defensa del capitalismo. Diálogos filosóficos sobre el mercado y el Estado”: “El argumento fundamental en favor de la iniciativa privada y de los mercados no reside en su perfección, sino en que son mecanismos menos imperfectos que la iniciativa pública y el Estado”
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