Opinión

El protagonismo desbordado del alcalde de Ciudad de México

Marcos Marín Amezcua | Jueves 25 de febrero de 2010
Marcelo Ebrard es un personaje que perteneció a la casta divina del PRI, corriente política que ostentó la presidencia de México entre 1929 y el año 2000; pero de buenas a primeras se ostentó como gente “progre”, de izquierdas, interesado en los necesitados, que se incorporó al Partido de la Revolución Democrática (PRD) y gobierna como alcalde (llamado jefe de gobierno) de la capital mexicana desde 2006. Todo en un pispas. Apenas si nos enteramos de tan camaleónico cambio. Tres palabras lo definen: autoritario, demagogo y populachero.

Antes de gobernar la capital mexicana, se posicionó como secretario de seguridad pública de un gobierno perredista, manchándose su nombre con al menos, tres sucesos: por su ineptitud ocurrieron unos linchamientos de policías a su cargo en la localidad de Tláhuac; por su soberbia y parsimonia al negarse a proteger el Senado de la República, so pretexto de que los manifestantes tenían derecho a expresarse frente a la institución (pese al antecedente de ser violentos) y permitió pasivamente que la policía a su cargo por varios años, impidiera los desmanes de manifestantes vándalos que cada 2 de octubre destruían, y destruyen, mobiliario urbano agrediendo propiedad privada y pública, pretextando recordar la matanza de estudiantes de 1968. La policía sólo los escoltaba y los escolta.

Hay muchos que no han mordido el anzuelo de comprarle a Ebrard su imagen de reivindicador de causas justas. Y su pasado autoritario lo delata, aunque quiera ser presidente de México, mostrando así sus ánimos desbordados que explican en buena medida que sea promotor de acciones populacheras, antes que ser reivindicador de derechos de minorías y menos aún, de que sean tales medidas, eficaces y de largo alcance.

No es que estos derechos de minorías no sean importantes, lo son pero el punto es otro; resulta asaz fastidioso que los emplee como botín político, como bandera política, usados tales derechos como rehenes de su propias pretensiones presidenciales. ¿Se vale hacerlo? También se vale señalarlo para mejor conocimiento de la ciudadanía. Ante la crítica, Ebrard muestra su talante arbitrario, exasperado, cuando la prensa lo acosa y entonces suele dar respuestas ríspidas y enfadadas a preguntas puntuales de su cuestionable ejercicio público: “¡y eso no lo voy a hacer!” vocifera en primera persona, como si la alta función pública que desempeña estuviera sujeta al capricho de sus deseos personales y no de mandatos de ley. Ese es su talante y su verdadero rostro, que es preciso enunciar. También se vale.

Así pues, todo apunta a que polémicas aprobaciones legislativas para la Ciudad de México que gobierna, como el matrimonio entre personas del mismo sexo, y otras medidas apoyadas por él, como obligar a los funcionarios de la capital a hablar náhuatl (lengua no usada por ellos en cinco siglos), y otras medidas "progres", como proponer el uso multitudinario de la bicicleta sin un plan maestro certero y sensato, nada tienen que ver con derechos de minorías, sino con la imagen de Ebrard como futuro presidente de México. Requiere mostrarse sostenedor y promotor de derechos sociales, sean avalados o no por sus obras públicas. Nos tiene que vender el cuento.

Es allí y no en otra parte, en donde hay que buscar las razones de tanto alarde populachero, de tanta demagogia y de la búsqueda casi patológica de que todo cuanto se emprende en su gobierno como acto de relumbrón, debe romper una y otra vez una marca guinness, buscando además con absoluta frivolidad, el registro oficial de aquella, medidas que apuntan a su fabricada imagen de alcalde incluyente y tolerante y desea mostrarse al mundo. No hay más cera que la que arde.

Es decir, no es ni en la Asamblea Legislativa de la capital mexicana ni en el PRD ni en el impulso de minorías, el que a todo ello obedezca su actuar. Por supuesto descartemos que lo haga por ser moderno y mentalmente abierto (eso ni como discurso, pega). Decisiones polémicas como las referidas arriba no velan por los derechos de otros grupos (los funcionarios que jamás han hablado náhuatl ni tendrían porqué hacerlo o los niños, que no serán consultados si quieren ser adoptados por una pareja homosexual y que en su salón de clase quizás serán violentados al saberse que tienen dos padres del mismo sexo).

El guiño a inversionistas estadounidenses y japoneses o los acercamientos a China manipulando sucesos como el año nuevo chino en provecho de su imagen o la conmemoración de las relaciones diplomáticas entre China y México (so pretexto de que su gobierno y aquel son de izquierda) completan el perfil de un jefe de gobierno del D.F., candidato no defensor de minorías, sino promotor de su imagen personal, dentro y fuera. Populachero y demagogo, es un jefe de gobierno que quiere que cuando sea candidato, el mundo lo identifique como idóneo por "progre" recordando todo lo que se aprueba en la capital que gobierna; astutamente al mismo tiempo, parece que tiene la habilidad para trasladar el aparente origen de todas esas decisiones (con el correspondiente debate y desgaste) a grupos que las piden o a la asamblea legislativa que se las aprueba, quienes dan la cara y llevan el costo político de hacerlo. Astuto sin duda, pero solo en apariencia. Y mientras, de él nadie habla. Por ahora. Astuto, sí, pero conviene mencionar su estrategia.

Su campaña es hacia afuera y no de momento, hacia los votantes mexicanos. Eso ya llegará, aún no. Llamado “yuppie de izquierda”, de Ebrard veremos si puede contar con su propio partido para que lo nomine. En todo caso, lo que se aprueba en la capital mexicana no lo es para todo el país; Ebrard hoy no habla por todo México. Y no podemos callarlo: si Ebrard es de izquierda, el suscrito es la Madre Teresa.

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