Opinión

El nuevo vecino del Teatro Real

Alicia Huerta | Miércoles 05 de marzo de 2008
Decía siempre mi abuela que no había que ponerse la venda antes de la herida y, por respeto a ella, he esperado a que el nuevo edificio que se levanta en la Plaza de Ramales estuviera acabado. En realidad, aún no es posible el uso de sus instalaciones pero ya es perfectamente visible y no hacen falta grandes ejercicios de imaginación para saber el impacto que su ubicación provocará en la retina de vecinos, turistas y demás paseantes de esta zona tan característica del Madrid antiguo.


Su finalización y puesta en funcionamiento definitiva lleva anunciándose desde hace años, la última fecha que se dio por segura fue la de diciembre de 2007, pero a día de hoy el Conservatorio Reina Sofía aún continúa en obras. Claro, que con tantas interrupciones como ha habido, lo raro sería que se hubiera levantado solo, como si se tratara de un milagro del mismísimo San Isidro. La interrupción más larga fue de un año entero, coincidiendo con el incendio y posterior derribo del Edificio Windsor, en la otra punta de Madrid. La causa no me la pregunten. No les sabría contestar.


El caso es que el edificio nuevo que se levanta en el solar que anteriormente ocupaba un colegio, fue el resultado de un convenio entre el Ayuntamiento de Madrid y la Fundación Albéniz para crear una Escuela Superior de Música con un auditorio con capacidad para 500 plazas. Yo no digo que el moderno edificio de piedra, cristal y metacrilato sea feo. Creo en la arquitectura de vanguardia y estoy convencida de que haría muy buen papel rodeado de torres en la city madrileña, pero su ubicación en el clásico y bello entorno del Palacio y el Teatro Real me resulta de pésimo gusto.


La plaza a la que se asoma ya está acostumbrada a derribos desde la época de José Bonaparte, en los que ni siquiera fueron respetados los restos de Velázquez enterrados en la antigua Iglesia de San Juan que entonces daba nombre al lugar. Y por sufrir, la plaza hasta ha visto morir a tres personas asesinadas por una de las infernales bombas de ETA que hizo temblar todo el centro, así es que, no creo que las piedras del Palacio de Domingo Trespalacios, construido en 1768 o las de la Casa de Ricardo Angustias de 1920, vayan a ponerse a protestar a estas alturas. Lo que desde luego no me imagino es a ninguno de los turistas que fotografían estos ejemplos de belleza arquitectónica, girarse para tomar un plano del nuevo inquilino. En todo caso, lo harán para incluirlo en la foto de conjunto del lugar y, una vez de vuelta a su tierra, enseñar "lo locos que están estos madrileños".


No se pone en duda el arte y la belleza de un Picasso o de un Dalí y, sin embargo, ¿a que a nadie se le ocurre colgarlo entre los cuadros de la Sala de Goya en el Museo del Prado?

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