crítica
Sábado 27 de febrero de 2010
Manuel Montero: Los conceptos del soberanismo. Planteamientos doctrinales del nacionalismo vasco, 1977-2009. Ciudadanía y Libertad. Vitoria-Gasteiz, 2009. 119 páginas. 15,60 €
Que todos los nacionalismos son iguales es un cliché. Contiene, como la mayoría de los tópicos, retales de verdad. Admitamos, para establecer un consenso mínimo, que son, todos ellos, muy parecidos. Aunque, por eso mismo, porque se parecen, es en los matices donde hay que ir a encontrar algunas de las claves explicativas de su operatividad en cada sociedad concreta.
El esfuerzo por desentrañar las lógicas que dotan de coherencia al universo discursivo del nacionalismo vasco tiene ya, a estas alturas, una consistencia remarcable. La ciencia política y la historiografía, la sociología y la antropología, los estudios culturales –en sentido lato– han procurado esclarecer una trama argumental viscosa, plenamente auto referencial, indigente en el terreno conceptual, pero de una potencia emotiva –la que siempre han tenido las evocaciones a la tierra y a los muertos– que arrumba, uno tras otro, con cualquier esfuerzo de racionalidad.
El reciente trabajo de Manuel Montero, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco y durante un cierto tiempo rector de dicha entidad colegial, se incardina en esta tradición analítica. Su mirada se centra en los planteamientos doctrinales que quedaron establecidos a la salida de la dictadura, entre 1976 y 1977. Es, para Montero, en esas circunstancias que, con motivo de su entrada en el campo de la legalidad junto al resto de las opciones antifranquistas, el Partido Nacionalista Vasco pone en solfa de dónde viene y hacia qué punto se dirige. Se asombra Montero, y con él lo podrán hacer los lectores de Los conceptos del soberanismo, que el PNV, a diferencia de otras fuerzas políticas, se sitúe al margen del tiempo corto, del de la coyuntura y sus eventuales necesidades. No olvidemos que estamos hablando de un lapso de especial relevancia –el fin del franquismo, la liquidación de cuatro décadas de autoritarismo y de centralismo hostil a la diversidad, la apertura de un tiempo de reformas democráticas y de horizontes autonómicos–. No obstante, lo central en la fijación de los criterios programáticos del partido nacionalista es el tiempo largo. En rigor, el PNV es, en esos años, quizá la única fuerza que objetivamente pueda definirse como nacionalista. En el sentido de que es el único partido, de los que acabarían estando presentes en el primer parlamento democrático, que ajusta su ritmo al de la Nación, con mayúscula. Siempre que se entienda que el de ésta es un compás largo, milenario, casi podría decirse que eterno.
Tal vez por eso mismo, y a pesar de que la realidad se obstina en ser cambiante –hasta en el País Vasco–, lo establecido entre 1976 y 1977 se piensa que sigue siendo de utilidad a la altura de 2009. La pregunta que surge, inevitable, es la de si existe una relación causal entre esa inmovilización de lo ideológico, por un lado, y el estancamiento político del País Vasco, en su conjunto. Así parece darlo a entender Montero.
El viaje propuesto por el autor concluye en vísperas del pase a la oposición, a la reserva en términos genuinamente democráticos, del PNV. En nuestros días, por tanto. Contemplando con detalle esa suerte de clímax retórico que se alcanza en tiempos de Ibarretxe. Montero es optimista de natural y, por ello, en alguna ocasión, asocia inmutabilidad a ejercicio incontestado del poder. De ello se derivaría que el pase a los bancos de la oposición –excepto en las Diputaciones forales– obligará a reconsiderar la inalterabilidad discursiva. Confiemos que el tiempo le dé la razón, pero mucho me temo que no sea así.
En el nacionalismo vasco hay rasgos comunes a los restantes nacionalismos ibéricos; otros son, les decía, muy diversos. Comparten, no obstante, la idea de que los no nacionalistas, y España, tienen que cambiar sus comportamientos, sus posturas políticas y sus leyes. Son renuentes a asumir el pluralismo en el interior de la comunidad. Procuran, por ello, su neutralización. Escribíamos que el tiempo de la nación es un tiempo largo. Pues bien, lo es hasta el punto de que se impone no sólo a las coyunturas sino también, lo que resulta desde el punto de vista de las tradiciones políticas de raíz liberal particularmente fraudulento, se sobrepone a las biografías concretas; llega a pretender anularlas.
Lo prioritario es, en todo caso, construir la nación. Incluso precede a la construcción de un hipotético Estado independiente. Construir nación no quiere decir otra cosa que acomodar los rasgos de la ciudadanía vasca, la realmente existente, a los parámetros que se le presuponen desde una visión del mundo rigurosamente nacionalista. Esto obliga siempre a los otros –lo señalaba en el párrafo precedente– a cambiar de postura política, de comportamiento. Si ese otro no es ciudadano vasco sino el Estado español lo que ha de cambiar son las leyes, y punto.
No quisiera concluir esta nota sin señalar que uno de los aspectos más interesantes en la aportación del libro es el análisis del tránsito que se da, como pieza central del artefacto nacionalista y sin alterar su naturaleza primigenia, de la nación a la noción de Pueblo vasco dotado de un ser propio. Lizarra mediante, el desplazamiento de la nación, sujeto de derechos políticos, al Pueblo, preexistente, anterior a la política, desplaza el interés por los derechos al ahondamiento de la esencia identitaria, a esa cultura omnicomprensiva entendida en clave al tiempo antropológica y sociológica. El nacionalismo, todo él, se “batasuniza”. Lo propiamente vasco es lo culturalmente diferente, diverso de lo español. Es una de las muchas tautologías presentes en el corpus argumental nacionalista: la cultura vasca sería aquella que expresa la existencia de un Pueblo diferenciado, de un Pueblo que ha dispuesto de lo que no ha dispuesto ningún otro pueblo instalado sobre la faz de la tierra; una experiencia histórica ininterrumpida en la cual las modificaciones –inevitables e incluso imprescindibles- no han conseguido alterar las singularidades esenciales.
Es por eso, en gran medida, que ya en 1976 y 1977, como en 2009, el enemigo imaginario no era ni la dictadura, ni los herederos del franquismo, ni, en cierto sentido, la propia España. Lo que ponía en cuestión el concepto de Pueblo vasco era “la parte de la sociedad vasca que no pertenecía al pueblo vasco nacionalista” –y ello en alusión, no precisa ni prioritariamente, a los inmigrantes procedentes de otros pueblos de España–. En el nacionalismo la acritud acaba proyectándose sobre el conciudadano renuente, libre.
Volvemos, tras un recorrido por las peculiaridades, a lo de las similitudes.
Por Ángel Duarte
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