Sábado 27 de febrero de 2010
La memoria de Orlando Zapata, muerto por defender la libertad en Cuba, está muy presente en todo el mundo. Quizá por eso, en la Venezuela oficial se ha puesto en práctica el refrán de “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar” y, ante el temor de que se sepa que los derechos humanos en el país son una farsa desde que llegó Chávez, se hayan apresurado a abandonar la Comisión Iberoamericana de Derechos Humanos -CIDH-. La excusa esgrimida por el líder bolivariano es que el organismo en cuestión “es pura basura”, “un cuerpo politizado utilizado por el imperio para agredir a gobiernos como el venezolano”. También tildaba a su secretario, Santiago Cantón, de “excremento puro”.
En el caso de Chávez, su manera de expresarse refleja fielmente tanto la catadura moral como la talla intelectual del personaje. Pero además, está su cobardía -denunciada por Uribe en la pasada Cumbre de Río-. Chávez es muy valiente ante las cámaras, cuando monopoliza por ley el espacio audiovisual venezolano con sus plúmbeas intervenciones, pero tiene pavor a enfrentarse en igualdad de condiciones con alguien que le rebata su calamitosa política. De ahí que lamine a quienes piensan diferente -o, simplemente, a quienes piensan-, y tenga miedo de enfrentarse al dictamen de un organismo como el CIDH, quien ya en anteriores ocasiones ha denunciado la deplorable situación de los derechos humanos en Venezuela.
Quien no esconde nada, nada tiene que temer a la acción de la justicia. Pero Chávez tiene mucho -y malo- que ocultar, de ahí que haya optado por cerrar a cal y canto las puertas de Venezuela a un organismo cuyo fin último es la preservación de los derechos humanos en el continente americano. Ya se ha visto estos días cómo se las gastan en Cuba con los disidentes. Pues en Venezuela van por el mismo camino. Y nadie merece una aberración semejante.
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