América

El crimen de ser disidente en Cuba

Crónica

Sábado 27 de febrero de 2010
Esta semana el mundo quedó conmovido por la muerte de Orlando Zapata Tamayo, uno de los tantos presos políticos que pueblan las cárceles de Cuba y que prefirió que su cuerpo se consumiera de hambre, antes que dejar claudicar los ideales que le llevaron tras las rejas hace siete años atrás. Sin embargo, como él existe alrededor de un centenar de cubanos que continúan recluidos en las prisiones de máxima seguridad de la isla, por tan sólo cometer el crimen de disentir del Gobierno de los hermanos Castro.


Desde el fallecimiento del poeta y líder estudiantil Pedro Luis Boitel en 1972, no se había registrado la muerte de un preso político por huelga de hambre en Cuba hasta el pasado martes 23 de febrero, cuando Orlando Zapata se convirtió en el reo número dos, que se privó de comer en aras de defender los derechos civiles de los cubanos. Sin embargo, esta lucha pacífica y silente contra la autoridad de los Castro, terminó siendo su sentencia de muerte.

La lenta agonía de Zapata, ha abierto de nuevo el debate sobre la situación de los presos político en la isla, que según las organizaciones internacionales como Amnistía Internacional, la Organización de Naciones Unidas, el Directorio Democrático Cubano y Democracia en Cuba; así como otras de carácter nacional como las Damas de Blanco, constantemente denuncian las palizas y otro tipo de abusos a los que son sometido los disidentes que se hallan recluidos en los penales de máxima seguridad de la isla.

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Un ejemplo de estos centros penitenciarios son las célebres prisiones de Kilo 7 y Kilo 8, ubicadas en la provincia de Camagüey al centro del país, y en donde comenzó el pasado 3 de diciembre la huelga de hambre de Orlando Zapata. Sin embargo, este humilde albañil de 40 años no ha sido el único en inducir a su cuerpo a la más estricta inanición.

Ya existían anteriormente antecedentes de huelgas de hambre llevadas a cabo por los presos políticos cubanos, uno de estos casos tuvo lugar en agosto de 2004 con el periodista Fabio Prieto Llorente, quien cumple como muchos de sus compañeros de celda, una larga condena que no baja de las dos décadas, tan sólo por oponerse a un sistema que encarcela a los más críticos con el régimen, atribuyéndoles crímenes como “desacato”, “propaganda enemiga” o “difamación de héroes y mártires”, entre otros.

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Sin embargo la muerte de Zapata, ha inspirado a otros prisioneros a seguir sus pasos, debido a que han visto en el hambre y la sed, el mejor estandarte para llamar la atención de una comunidad internacional que conoce lo delicado de su situación pero que aún no se atreve alzar una voz contundente y unísona al respecto. A este expediente de huelguistas, se le suman los nombres de otros presos de conciencia como los de Diosdado González Marreno, Roberto Fleitas Rodríguez y Fidel Suárez Cruz.

Si bien la Unión Europea y los Estados Unidos condicionan retomar la agenda diplomática cubana, siempre y cuando cambie su política frente a los derechos humanos, el Gobierno de La Habana no da síntomas de dar los pasos necesarios para que esto cambie.

El respaldo y la financiación de un grupo importante de estados dentro de la región latinoamericana, así como de otros países como España, debilitan el consenso internacional sobre la precaria situación de los militantes de la disidencia, lo que da pie a continúe la sistemática represión de la sociedad cubana, como ha quedó constatado en los días posteriores a la muerte de Orlando Zapata, en donde las autoridades castristas han buscado enmudecer las voces de los manifestantes que han salido a la calle en solidaridad con los presos de conciencia. Los verdaderos símbolos de una disidencia que, pese a tenerlo todo en contra, se resiste a morir.

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