Mariana Urquijo Reguera | Sábado 27 de febrero de 2010
Hoy se recuerda poco a los amigos de Nietzsche. Hay uno, filólogo de pro, llamado Rohde de apellido, que escribió a finales del siglo XIX un libro que en español se conoce como Psique. Es complicado hablar de esta obra por su riqueza y exuberancia. Riqueza porque recorre la Grecia clásica hasta la era de la gran filosofía, haciendo una arqueología de las diferentes vivencias y comprensiones que en esta época, en sus múltiples territorios, se pueden encontrar según los rastros arqueológicos y literarios que hoy conservamos. Apelo a la amistad con Nietzsche tan solo como un recurso fácil para que sigan leyendo, ya que la densidad desanima al desanimado y las influencias y amistades del genial Nietzsche estimulan hasta a los desalmados.
Después de mucho relatar y de mucho comentar, con sencillez, sin pretensiones, el lector se encuentra con una discusión que hoy es tan contemporánea como hace 25 siglos. Rohde encuentra soluciones e ideas sobre el alma que son parecidas, en diferentes zonas y época de la civilización griega. Puede, en ocasiones, rastrear influencias y orígenes de esas ideas en otros contemporáneos griegos o indios, pero sin embargo, renuncia a llevar esta búsqueda hasta sus últimas consecuencias, es decir, hasta un hipotético origen de tal o cual idea sobre el alma.
Renuncia porque tras mucho investigar se da cuenta de que la historia no se puede contar como si un núcleo humano originario hubiera dado origen a cada idea y de allí se hubiera ido diseminando por todo el planeta. Esta idea del núcleo creador de la nada y del mensajero desconocido es útil en algunos casos, pero no se puede aplicar hasta el final. Por ello, Rohde intuye que hay respuestas, construcciones culturales e ideas que surgen una y otra vez en los diferentes pueblos, en las diferentes culturas en todo tiempo, como si fueran producciones propias y originarias. Esas ideas repetidas las considera patrimonio de la psicología popular de los hombres.
Sabia idea de Rohde, sabia y prudente.
Hoy, pues, nos podemos preguntar, más allá de las tremendas influencias de ideas y costumbres que constituyen nuestro día a día, más allá de la multiplicación de los mensajeros y de los mensajes que configuran nuestra cultura a nivel colectivo y nuestra vida psíquica, es legítimo preguntarse si hay espacio y tiempo para que puedan surgir novedades (y novedades hay que tomarlo como sinónimo de renacimiento de una idea en otro lugar y en otro tiempo). Novedades que disientan con la mayoría, novedades que en libertad entren a formar parte de lo que ya hay, de lo único que hay. La pregunta que me asalta, no sin una cierta dosis de inquietud perturbadora, es si queda algún hueco vacío para ello.
Una de las características de la vida en la antigua Grecia que destaca el filólogo es la no superposición ni contradicción de la religión y de la filosofía. Esa posibilidad, se me antoja, no puede ser sino en una sociedad donde los ámbitos de libertad eran tan grandes, que se podían permitir especular por especular y además, vivir una religiosidad oficial, otra personal y otra familiar. Cuando tocaba Olimpiada, todos adoraban a los dioses olímpicos, cuando tocaba bacanal, a las bacantes, cuando las dionisiacas, a Dionisos y así con los dioses de la propia ciudad (Atenea), de la metrópoli, de los orígenes familiares, de la secta de turno etc. etc. Esta pluralidad y riqueza no me cabe pensarla sin muucha libertad y tolerancia (dentro de los límites que el caso de Sócrates denota).
Dicho lo cual, me asalta otra cuestión. Hoy vivimos varias religiones simultáneamente, la base cristiana que colma nuestro modo de vida, el capitalismo que colma nuestra agenda y nuestros proyectos vitales, y la lógica de la imagen y de la información que colma (en el sentido de llenar hasta saturar) nuestra percepción y nuestra vida anímica. La diferencia de estas religiones respecto de la griega es su amplio y denso dogmatismo. Tan colmados estamos que ¿cabe algo nuevo que no sea de alguna de estas lógicas? ¿O la propia lógica nos mantiene llenos, saturados y repletos que ni la libertad nos cabe?
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