Lunes 01 de marzo de 2010
La detención de terroristas es siempre una buena noticia. Máxime si, como en esta ocasión, se detiene en Francia a la cúpula de ETA. Entre ellos, su último dirigente del aparato militar, Ibon Gogeaskoetxea, con un sangriento historial a sus espaldas. Tiene razón el ministro Rubalcaba cuando afirma que enero y febrero de 2010 han sido dos de los peores meses en la historia de la banda, ya que durante ellos más de una treintena de sus miembros han sido puestos a disposición de la justicia, y se ha incautado una importante cantidad de materia para cometer atentados.
Pero -bien lo sabe la Guardia Civil- en la lucha antiterrorista no caben ni las alegrías ni las lecturas excesivamente optimistas. En primer lugar, porque cada vez que se detiene a un terrorista, otro ocupa su lugar –aunque bien es cierto que ellos saben que todos acaban en la cárcel y cada vez más deprisa. Y en segundo lugar, porque dichas detenciones suelen llevar a más de uno a pensar que, al menos de momento, las cosas están mejor. Pero no es exactamente así. Efectivamente, ETA en estos momentos está más debilitada, pero conserva intacto su espíritu de matar y, lo que es más importante, sigue contando con un buen número de seguidores que están dispuestos a empuñar una pistola en cualquier momento. Son menos cada vez, cierto, y con un sustrato intelectual bajísimo, pero siguen representando una amenaza real.
Y ante dicha amenaza, el tiempo ha demostrado que lo más eficaz es la acción de la justicia. O lo que es lo mismo, presión policial y judicial, sin esperanza alguna de que quien mate vaya a obtener rédito alguno de sus acciones. Dentro de esta estrategia de presión constante, es primordial anular su filibusterismo político, impidiendo que alguna de las marcas políticas con las que piratean entre en las instituciones para tomar aire y recibir subvenciones. Así sucedió en el pasado, cuando oscuras aventuras negociadores dieron alas a un terrorismo que se nutre de victorias como la de sentar a un gobierno en una mesa de diálogo en la que puedan extraerle contraprestaciones. Conviene recordar que ese espíritu complaciente con el terrorismo sigue latente en algunos políticos españoles, que aguardan la más mínima oportunidad de compartir mesa y mantel municipal con quien no vacilaría en matarles. Por eso el mensaje debe ser claro: no hay esperanza alguna de diálogo. Servirá para desanimar a los que ya están dentro, y haría que quienes quieren entrar se lo piensen dos veces. Y, de paso, se haría un servicio a la memoria de las más de novecientas vidas inocentes que ha segado ETA en su larga trayectoria de terror nacionalista.
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