Los más de 1.500 kilómetros cuadrados de extensión que ocupa la
Reserva natural de Maasai Mara penden de un hilo debido a las numerosas amenazas que están logrando acabar con uno de los parajes más bellos del continente africano.
Maasai Mara, que en realidad es la continuación keniata del Parque natural del Serengueti, que se extiende por territorio tanzano, está viendo como su enorme biodiversidad animal y vegetal mengua año tras año debido al imparable avance de la civilización y al desgaste medioambiental al que se está viendo sometido.
Las organizaciones ecologistas han dado la voz de alarma y han denunciado en varias ocasiones que, de no tomar medidas urgentes, la reserva, calificada por arqueólogos y paleontólogos como una de las cunas de la Humanidad junto con los yacimientos de Krugersdrop (Suráfrica),
podría desaparecer en la próxima década.
El Parque de Maasai Mara, que acoge a muchos de los animales más emblemáticos de África, como el león, el rinoceronte negro, del que apenas quedan 25 ejemplares, el guepardo o el hipopótamo, está sufriendo las consecuencias de la expansión sin control de las explotaciones granjeras y ganaderas. Éstas cercan la fauna de la Reserva e impiden, en muchos casos, que las migraciones anuales en busca de mejores pastos, uno de los espectáculos más impresionantes que nos ofrece la naturaleza con más de dos millones de animales desplazándose al mismo tiempo, se lleven a cabo.
Pero Maasai Mara vive inmersa en otra disputa. La línea fronteriza entre
Kenia y Tanzania coincide con la delimitación sur de la Reserva. A pesar de que sobre el mapa esta línea está claramente delimitada, sobre el terreno la división es mucho más confusa (tal y como sucede en el caso de la isla de
Migingo, en el lago Victoria) y los habitantes de esta zona, miembros de la tribu masai, viven en un limbo social, administrativo y jurídico que les sitúa en una posición de indefensión.
Tanto el gobierno de Nairobi como el de Dar-es-Salaam, que no mantienen unas relaciones políticas cordiales desde hace varios años, reclaman para sí este territorio sabedores de que los ingresos que genera la Reserva sólo en concepto de visitas turísticas es enorme. Se calcula que visitan Kenia al año un millón de personas mientras que 500.000 aterrizan en Tanzania. Los intereses económicos para controlar el sector turístico son enormes y están condicionando desde hace años las políticas bilaterales entre los dos países. De este modo, ambos países se han intercambiado acusaciones mutuas de cruzar la frontera y explotar zonas de Maasai Mara ajenas a su jurisdicción.
Hasta tal punto han llegado las discusiones que la
Comunidad del Este de África (EAC), organización a la que ambos países pertenecen, está planeando constituir una alianza turística entre sus miembros para evitar este tipo de tensiones.
A pesar de que, en la práctica, la frontera entre ambos países ha estado cerrada en numerosas ocasiones debido a las tensas relaciones bilaterales, lo cierto es que la inmensidad de la sabana africana hace imposible controlar el flujo migratorio, tanto de animales como de personas, entre Kenia y Tanzania.
En medio de esta disputa, la Reserva ha ido perdido paulatinamente su valor ecológico. Las explotaciones ganaderas han erosionado de tal manera la tierra que en la temporada de lluvias casi no se retiene agua, lo que ha ocasionado un descenso alarmante del número de ejemplares de casi todas las especies que habitan en Maasai Mara. Los lagos y ríos en los que los animales beben se están secando y el aspecto de la sabana, antaño exuberante, es cada vez más árido. Según
WWF/Adena, el número de jirafas se ha reducido en un 95 por ciento; el de facoqueros, en un 80 por ciento; y el de impalas, en un 67 por ciento.
Guerreros ancestrales Pero el conflicto de Maasai Mara trasciende lo ecológico para afectar también a lo humano. Desde hace siglos,
los masai, una de las tribus más emblemáticas de África e icono de Kenia (la bandera nacional luce su escudo guerrero) está sufriendo los rigores de las masificación y la sobreexplotación de la Reserva.
Los masai, un pueblo guerrero seminómada que depende casi exclusivamente de su ganado y que llegó a Kenia
proveniente de Sudán hace 1.000 años, ha tenido que modificar su estilo de vida y empezar a cultivar para poder subsistir. Divididos en 12 castas diferentes, en los últimos años, el número de miembros de esta tribu se ha duplicado hasta casi alcanzar el millón y, con él, la extensión de tierra ‘salvaje’ transformada en cultivable. Para los masai el ganado es la piedra angular de su vida y en torno a él estructuran su organización social, cultural y religiosa.
Si bien las organizaciones preservacionistas consideran lícito el asentamiento masai por razones culturales e históricas, lo cierto es que esta tribu le está ganando terreno a la naturaleza y cercando el territorio destinado a la fauna salvaje.
Por otro lado, organizaciones pro derechos humanos han denunciado que los masai están siendo hostigados en la Reserva para que abandonen sus poblados. Existen numerosos casos de asentamientos enteros arrasados para dejar paso a
explotaciones turísticas que organizan visitas guiadas o cacerías. Los masai, debido a sus creencias religiosas, consideran que matar animales por diversión es una herejía y, por este motivo, se oponen de forma tajante a este tipo de turismo en su territorio.
En este sentido,
Survival International, organización en favor del respeto a las minorías por todo el planeta, denuncia la persecución, a veces violenta, a la que se están viendo sometidos los masai por parte de cazadores supuestamente financiados por la Otterlo Business Corporation. Esta empresa, de capital emiratí, organiza partidas de caza en Maasai Mara y ha llegado a ofrecer recompensas a todos aquellos masai que dejen atrás su credo y se conviertan al islam.
No son pocos los casos denunciados por la comunidad masai de
palizas,
violaciones,
amenazas o, incluso,
torturas a sus miembros por parte de estos grupos de presión. En este sentido, la connivencia de este tipo de empresas con las autoridades locales ha quedado patente en los últimos años al implementar las policías keniata y tanzana una política de detenciones masivas contra pastores masai. Además, la masiva concesión de tierras dentro del Parque para uso turístico está limitando la movilidad de los pastores indígenas y de su ganado.
Los masai, que ya han manifestado su nula intención de marcharse de la tierra que han habitado durante siglos, son, al mismo tiempo y en colaboración con el gobierno keniata, los encargados de gestionar y proteger la Reserva. Mediante la
Mara Conservancy Organization, una sociedad sin ánimo de lucro, organizan partidas para detener a los furtivos, limitan la entrada de turistas a la Reserva y velan por su correcta explotación.