Enrique Arnaldo | Jueves 04 de marzo de 2010
Hace unos días el Presidente Obama se sentó varias horas en una mesa cuadrangular a debatir con representantes políticos sobre el sistema sanitario norteamericano. Algunas fechas atrás el Primer Ministro italiano Silvio Berlusconi anunció la supresión de los debates políticos en los talk show de la televisión política italiana en período electoral.
Entre nosotros, desde hace bastante más tiempo, asistimos a la total ausencia de un debate auténtico. Algunos lo llaman diálogo entre discapaces auditivos o entre besugos de ojos saltones. Otros lo denominan diálogo de ping-ping con mucha pelota liftada y alguna recortada. En fin, para otros es una discusión gritona, histriónica, a cara de perro, entre guerreros maquillados con pintura de guerra que se arrojan dardos envenenados con mostaza de odio.
Los guerreros de los tribu amerindia se ponen los cascos y suben a su I-Phone al máximo volumen cuando el general de los corintios toma el micrófono entre sus manos. Más que discursos se lanzan soflamas de regusto amargo que rebotan en la tribuna con aplausos encendidos de los fans a sueldo y con sonoros pataleos de los adversarios convertidos en enemigos a muerte y sangre. No hay comunicación cuando ninguno de los interlocutores quiere oir y sobre todo cuando el sordo mayor del Reino va por la vida con los tapones clavados en sus pabellones. Ni siquiera cien mil millones de mosquitos picajosos son capaces de horadar la cera enquistada en los orejones. Probablemente esos incontables insectos estén tan equivocados con el jefe amerindio y el presidente de los emprendedores de la ruta Plantal, el gran merchá del tesoro y el guardián del templo. Todos yerran fatalmente embutidos en cantinelas superadas. El general de los corintios, envuelto en su traje de buzo, se sumerge en la lectura de Lewis Carrol y se convierte en la madre de todas las Alicias que su histórica memoria es capaz de atesorar.
No hay debate en el Parlamento, ni en las Comisiones ni Consejos ni Juntas de ninguna clase. Sólo sucesión de palabras, de discursos acalorados, con España contra la espalda. Cada uno en su castillo de playmobil encerrado en el salón del cuadro de operaciones. Pocas oportunidades para la lírica y ninguna para el encuentro. El diálogo forma parte de la prehistoria; se acabó con los diplodocus. Estamos en la era de la imposición y del trágala, del aplastamiento y del ninguneo del que tiene menos soldados en su castillo. Salvo caso de extrema necesidad cuando el enemigo iracundo ha cortado el agua y los otrora sacapechos empiezan a morirse de sed.
¡Qué visión de Estado! ¡Qué altura de miras! ¡Qué capacidad para elevarse en vuelo bajo y de los hierbajos!
¡Qué lenguaje tan admirable sobre puntos de inflexión, coyunturas, cambios de tendencia, impactos! ¡Qué vaciamientos de los principios!
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