Opinión

Nasser, Jomeini y Ben Laden: tres respuestas a occidente

Víctor Morales Lezcano | Viernes 05 de marzo de 2010
Amin Maalouf ha escrito no hace mucho tiempo que “cuando los árabes volvieron a caer, de forma tan espectacular y tan degradante, les dio la impresión de que lo habían perdido todo irremisiblemente”.

Si alteramos el sujeto de la oración, con abuso por nuestra parte, podemos hacer extensiva la reflexión de Maalouf al mundo árabe-islámico que se extiende por el Oriente Próximo y Medio. Veámos cómo ha habido, empero, ensayos de reconstrucción en el ámbito de ese mundo, por discutibles que hayan sido.

En rigor, los escenarios de Egipto, Irán y Afganistán han sido durante la segunda mitad del siglo XX, tres escenarios del duelo que vienen manteniendo empecinadamente parte de Occidente y parte del Oriente musulmán.

En puridad, son tres los protagonistas humanos de envergadura que han encarnado ese duelo en los escenarios elegidos aquí. Así nos parece a nosotros.

El primero de ellos, fue Gamal Abd al-Nasser (1918-1970), hijo de la revolución que protagonizó el movimiento de oficiales libres de El Cairo.

Nasser tuvo por guía y norte la figura emblemática de la Turquía moderna: Atatürk, o padre de la patria. Hubo algunas convicciones y elementos del régimen que estableció el coronel Nasser en Egipto, claramente imbuidos del nacionalismo secularizador que apadrinó Mustapha Kemal; sin llevar a las mayores, naturalmente, la campaña laicizadora que se desencadenó en Turquía en el período de entreguerras.

El nacionalismo panárabe del líder egipcio tuvo también algo más que un leve parecido con el “turquismo” kemalista. El uno, orientado a combatir los residuos del colonialismo franco-británico en Suez y la consolidación del Estado de Israel en tierras del Mandato en Palestina. Fue éste un proceso que se desplegó entre 1948-1956, y que no resultó tan propicio para Nasser como él quiso creer. El otro proceso, el kemalista, corrió, por el contrario, con más suerte y consiguió una institucionalización que no sabemos si cumplirá su primer centenario; pero que, en todo caso, ha supuesto un hito en el proceso del mundo árabe-islámico hacia su presunta “normalización”.

Con sobrada frecuencia, el surco donde se ahoga la semilla germinal, suele ser también el mismo que permite germinar a cualquier otra planta.

Nos referimos, ahora, al escenario de Irán y al de la figura que simboliza el triunfo de la república de los ayatollah sobre la monarquía patrimonialista de los Reza Palehvi en febrero de 1979.

Desde los años 40, Jomeini y otros egregios miembros del Islam shii habían marcado sus diferencias con el Trono. Se produjo entonces el “cortocircuito” del nacionalismo persa que intentó impulsar el primer ministro, Dr. Mossadeq, entre 1951-53. Las circunstancias -guerra fría soberana- trabajaron a favor del Sha y en detrimento de la corriente nacionalista de los iraníes anti-imperialistas y de los estrictos clérigos de obediencia musulmana shii.

La ocasión propicia, sin embargo, se presentó a la puerta del Líder Supremo Jomeini, cuando a mitad de los años 70, se estremecieron los cimientos del frágil régimen iraní.

La presencia del ayatollah en el aeropuerto de Teherán en los primeros días de febrero de 1979 inició la caída de la monarquía, la revolución clerical -en olor a popularidad- y el desafío manifiesto de Teherán a las potencias anglosajonas; muy especialmente a los Estados Unidos de América. Fue a partir de los años 80, cuando los partidos de Dios proliferan en todo el orbe islámico, acentuándose el rechazo y luego la hostilidad violenta, hacia varios comportamientos del mundo occidental.

El tercer escenario de duelo -hay quien prefiere hablar de confrontación- entre los términos con que aquí se juega, tuvo lugar a lo largo de los años 80 durante la guerra ¿civil? que se desencadenó entre los afganos pro-soviéticos -y la máquina de guerra que Moscú envió al país asiático- y los guerrilleros independentistas. O sea, de aquellos mudjahidin que pasarían a ser identificados por los medios de comunicación con el nombre de talibán, estudiantes rebeldes que con el paso del tiempo se transformarían en auténticos suboficiales de la guerra de guerrillas que ha tenido en Afganistán su cuartel general más destacado.

En medio de la corriente de intervenciones directas e indirectas que se solapan en Afganistán durante veinte años, emerge la figura de Osama ben Laden (1957…), probablemente el “enemigo público” más buscado por la administración de los Estados Unidos a lo largo de su historia.

Ben Laden no ha sido un jefe de Estado, ni un presidente de gobierno, como Nasser y Jomeini, sino un líder musulmán de raigambre religiosa muy identificable. Sus maître-à-penser han sido Hassan el-Banna, Sayyed Qotb, Abdellah Azzam y, quizá, Aymah al-Zawahiri. Es decir, la línea del Islam doctrinal más hostil hacia las actuaciones del mundo occidental en ciertos escenarios mundiales.

Así como Jomeini consigue primar lo religioso sobre lo nacional (cordón umbilical que une a Nasser con Atatürk), Ben Laden, por su parte, consigue mundializar el combate entre dos polos enfrentados, insertándose en la más pura reorientación del Islam salafí hacia el djihad de pretensiones políticas.

Egipto se encuentra actualmente en un impasse social y económico de difícil salida, mientras que en Irán la oposición aperturista al Régimen no deja de aprovechar cuantas oportunidades surgen para advertir a los líderes supremos de la República que ha llegado la hora del cambio.

La incógnita más candente, sin embargo, se llama Afganistán, a partir de la nueva fase de la guerra que se ha iniciado en el mes de febrero de 2010. Quizá no sea Osama ben Laden la única clave de este conflicto, ni lo sean tampoco los talibán mismos. Esa clave puede muy bien residir en el comportamiento observado por los imperios británico, francés, soviético y americano, tanto en el paraíso sobre la tierra (Oriente musulmán) de la energía petrolífera como en los enclaves estratégicos -los “nudos gordianos”- del canal de Suez, ayer; y del territorio afgano, hoy.

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