Opinión

Casanova

José María Herrera | Sábado 06 de marzo de 2010
A menudo se ha dicho que las Memorias de Casanova destilan amargura. Es un comentario desconcertante. Verdad que la edad avanzada a la que inició el relato de su vida le empuja a veces a despotricar de la vejez, pero esto, tan comprensible, es sólo una nubecilla esporádica en un texto saturado de luz y de alegría de vivir. Nadie que lo haya leído con atención puede creer lo contrario.

Se justifica paralelamente la supuesta amargura de Casanova afirmando que fue un hombre que, a pesar a sus muchas aventuras, no encontró lo que buscaba. Qué sea lo que buscaba, nadie lo dice. En cambio, se da por descontado que la vida, la suya o la de cualquier otro, ha de ser una suerte de depósito bancario que, al cabo de cierto tiempo, debe producir intereses, y que si se muere pobre, en el sentido de agotado, es porque la inversión ha sido mala. ¡Qué lejos están siempre los predicadores de la verdad! ¡Cómo si la ganancia de la vida fuese algo reservado a los que hacen cuentas con ella, a los que ahorran, a los que aplazan la dicha con la excusa de buscarla más pura o más noble, a los que huyen de sí mismos!

Aristóteles, el indispensable Aristóteles, distinguió cinco tipos de felicidad: una felicidad innata, otra que se alcanza con el aprendizaje, una tercera obtenida gracias al hábito, la que se adquiere por inspiración de un ser divino y, por último, la que es fruto de la buena suerte. Cinco tipos de felicidad, aunque la felicidad consista siempre en lo mismo: llegar a ser lo que ya se es, apropiarse de la propia esencia, ser plenamente. Si la felicidad fuese otra cosa, algo que hubiera que conquistar saliendo de sí mismo, no cabe duda de que entonces la existencia humana sería la peor de las maldiciones. Claro que también pertenece a nuestra tradición esta idea denigratoria de la vida, tan opuesta al espíritu del aventurero veneciano.

Casanova es el ejemplo arquetípico del primer tipo de felicidad, la felicidad que se posee como se “posee cierta tez y no otra”. Nunca necesitó buscar. “Mi secreto –dice en sus Memorias- consiste simplemente en encontrar fácil lo que realmente lo es.” Por una gracia envidiable, que Aristóteles juzgaba en general asombrosa, era, en efecto, uno de esos hombres que nunca tuvo que hacer nada especial para permanecer en sí mismo, algo que le permitió triunfar sobre las cosas, excederlas alegremente. La prueba es que aún conservó una energía desbordante en la vejez para consagrarla a la rememoración y la nostalgia, y que a su increíble peripecia vital añadió gracias a ello el lujo supremo del arte.

La Biblioteca Nacional de Francia acaba de pagar siete millones de euros por el manuscrito donde Casanova cuenta la historia de su vida. Nunca hasta ahora alcanzó un libro semejante precio. Es un precio razonable para uno de los escritos más estimulantes y amenos de la literatura francesa y de la literatura universal. También es un texto lleno de curiosidades. Una de ellas es la lengua en que fue escrito. ¿Por qué el veneciano no empleó su lengua materna? La respuesta quizás sea que en ella era un pésimo escritor. Casanova escribió varias obras antes de afrontar su propia biografía, todas pesadísimas e insustanciales comparadas con el relato en francés de sus peripecias. El asunto da que pensar.

Otra de las gracias del manuscrito es su historia. Casanova lo legó a un sobrino, Carlo Angiolini. Los hijos de éste lo vendieron luego a un editor alemán, que lo publicó censurándolo. A partir de aquí, aparecieron cientos de ediciones ilegales que ayudaron a forjar el mito erótico de Casanova y destruyeron su fama literaria. La primera edición íntegra y fiel del original apareció en 1960. La familia Brokhaus, propietaria del mismo, puede presumir de haber salvado el manuscrito de los avatares de la Historia, incluida la Segunda Guerra Mundial. En 1943, tras el cierre de las oficinas de la empresa familiar en Leizpig, el manuscrito fue guardado en la caja fuerte de un banco, gracias a lo cual esquivó el terrible castigo infligido a la ciudad. La pérdida hubiera sido irreparable, hoy lo sabemos. Hay que regocijarse de que ahora hayan traspasado la propiedad al Estado francés. Los tres mil setecientos folios de la vida de Casanova nunca estuvieron mejor custodiados. Forma parte de la censurable malignidad humana que a alguno se le haya ocurrido decir que ya iba siendo hora de que los franceses pagaran a tocateja alguno de los tesoros que exhiben orgullosamente en sus museos y bibliotecas.

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