El principal indicador económico es el PIB, el Producto Interior Bruto y que mide el valor añadido, la renta generada por el país. Su crecimiento es el mejor indicador, aunque no el único, de la prosperidad de un país. Desde 1995 España ha vivido una época de prosperidad que no se ha detenido, espoleada por las reformas económicas en época de José María Aznar y por la incorporación de inmigrantes. Sólo se moderó en 2002, en plena crisis mundial.
Aquella fue breve y leve, nada que ver con la gran crisis financiera con epicentro está en Estados Unidos, con repercusión en todo el mundo, y también en España. El PIB ha tenido un buen comportamiento en la legislatura Zapatero, pero el último año, con una caída de 6 décimas en el último año, del 4,1 al 3,5 por ciento. Las previsiones para 2008 se mueven mayoritariamente entre el 2,4 y el 2,7 por ciento, si bien hay analistas que apuntan a una cifra menor al 2 por ciento.
A mediados de año el Gobierno socialista presumía de sus datos de inflación, y de hecho en agosto alcanzaba un 2,3 por ciento. Pero a partir de ahí la inflación se ha disparado, y en el mes de febrero se ha alcanzado, según el indicador adelantado, ha alcanzado el 4,4 por ciento. En el gráfico se advierte la dramática aceleración de los precios.
La tasa de desempleo ha ido cayendo desde 2003, pero esa tendencia se ha detenido. El Gobierno presume, con razón, de que se ha creado empleo en su legislatura, pero esa tendencia se ha detenido. Y el paro, que había caído, está repuntando con tanta fuerza que los datos de febrero, con un incremento en más de 53.000 parados, muestran un aumento de 240.000 en el último año.
El cambio de tendencia de la economía es percibida por los consumidores, pese a los ímprobos esfuerzos del Gobierno, que en 2007 han mostrado una caída en 2007, un desplome que muestra la desconfianza respecto de las finanzas personales y de la marcha de la economía.