Opinión

Falklands/Malvinas. El estado de la cuestión

Celia Szusterman | Viernes 12 de marzo de 2010
Tanto la prensa argentina como la británica (y mucho más esta última) resaltaron la declaración de Hillary Clinton en su brevísima visita a Buenos Aires (donde sólo recaló a raíz del terremoto chileno que impuso un cambio en su itinerario) en el sentido de que los Estados Unidos estarían dispuestos a una mediación amistosa entre la Argentina y el Reino Unido, si así se lo pidieren las partes, para iniciar conversaciones con la finalidad de resolver el conflicto en el Atlántico Sur.
La prensa argentina lo presentó como un triunfo de la diplomacia argentina, tras el apoyo que recibiera la Presidente Kirchner en el mismo sentido en la Cumbre de Cancún de mediados de febrero.

Sin embargo, el supuesto “triunfo” queda descolorido cuando se analizan tanto los acontecimientos que llevaron a que en el Reino Unido se hablara de una ofensiva argentina contra las Islas Falkland (Malvinas), como el trasfondo de la declamación “malvinera” de la Presidente Kirchner.

El barullo suscitado resultó del anuncio de la Cancillería argentina del 16 de febrero de 2010 informando que la Presidente Kirchner había emitido un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) ante el inminente arribo en aguas disputadas del Atlántico Sur, de la plataforma petrolera Ocean Guardian, alquilada por un mes por la compañía exploradora Desire Petroleum, basada en las Islas. De acuerdo con el DNU, a partir de la fecha todo barco que quisiera navegar por aguas territoriales argentinas debería requerir permiso del gobierno argentino. La prensa británica interpretó esto como un recurso nacionalista atendible en momentos en que la Sra Kirchner está pasando por dificultades políticas internas, y con un nivel de aprobación que roza el 15%.

Este argumento desconoce lo que ha sido una constante de los gobiernos de ambos Kirchners en el tema Malvinas. En efecto, casi se podría decir que es el único tema en el que el matrimonio presidencial ha sido coherente y consistente. Si por un lado la consistencia la determina el artículo provisorio de la Constitución de 1994 por el cual todo/a presidente argentino/a deberá insistir de manera pacífica en el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, la coherencia viene dictada por la decisión de ambos K de tomar distancia de todo lo que pueda identificarse con la política “neoliberal” del ex presidente Menem (1989-99). Guido Di Tella, canciller de Menem por casi una década, entendía que la guerra perdida en 1982 requeriría enormes esfuerzos por parte de la Argentina para que los isleños no nos vieran como matones sólo interesados en quitarles sus casas. Era esta la esencia de su “charm offensive”, totalmente sincera, por otro lado, ya que Di Tella no sabía ser otra cosa que “charming”.
Lo que Di Tella sabía era que a partir de 1982 todo gobierno británico (del color que fuese) quedaba atado a los “deseos”, y no sólo a los “intereses”, de los habitantes de las islas. Después de la aventura militar emprendida por la dictadura de la Junta militar, que imaginó que así podría revertir el franco proceso de decadencia en el que estaba sumida, era claro para Di Tella que los británicos se atendrían al “principio de autodeterminación”. Si los isleños querían permanecer británicos, así sería. Si, ante una Argentina democrática, seria y amistosa, algún día estarían dispuestos a conversar sobre una solución definitiva que los dejara tranquilos, con su forma de vida garantizada, el gobierno británico se lo comunicaría a la Argentina. Por las “malas” nada se iba a lograr.
En contraste, y con su predisposición a la confrontación –en las antípodas de todo “charm”- los Kirchner hicieron una lectura diferente. Los británicos, fieles a su mentalidad colonialista, nunca negociarían. A los isleños, por otra parte, no se les reconoce derecho a la autodeterminación, en tanto población trasplantada, y no originaria, desconociendo el hecho de que nunca existió tal población. Por lo tanto, lo único que cabe es repetir en cuanto foro se presente, “las Malvinas son argentinas”, y retirar toda cooperación en materia de medio ambiente, pesca e hidrocarburos, para hacerles la vida difícil a los “ingleses”.
Es paradójico que los Kirchner hablen de la necesidad de “diálogo” y de “negociaciones”, cuando siguen demostrando, casi a diario, que son palabras que no figuran en su vocabulario. Hace sólo unos días, la prensa informó que cuando escuchó que el presidente del Senado (hombre suyo) había dicho que gobierno y oposición “deben encontrar un ámbito de diálogo”, Néstor Kirchner reaccionó con “furia”, interpretándolo como una “traición”.

Por otro lado, que interés real demostraron los K para entablar un diálogo con el gobierno británico si ni siquiera se tomaron el trabajo de nombrar embajador en Londres? En julio van a ser dos años que la Argentina –única en toda América Latina- no tiene embajador. La peculiar interpretación kirchnerista de “diálogo” quedó clara en el último párrafo de la declaración del 27 de marzo 2007, por la cual se pone fin a toda cooperación con el gobierno británico en materia de hidrocarburos. Mientras para el gobierno británico las áreas de cooperación eran pasos en un proceso encargado de mantener buenas relaciones hasta que –y si- llegara el día de conversar sobre soberanía, para el gobierno argentino la cooperación sólo tenía sentido si llevaba a las negociaciones pertinentes. Dice dicho párrafo:

“La Argentina no es contraria a cooperar con el Reino Unido…pero siempre que dicha cooperación contribuya a crear las condiciones propicias para reanudar el diálogo para solucionar la controversia de soberanía y así poner fin a esta anacrónica disputa colonial, de manera pacífica y duradera.”

El fallecido filósofo Richard Rorty solía repetir que “la democracia es conversación”. Para que haya conversación, hay que escuchar (no sólo oir) al otro u otros involucrados. Para diálogos de sordos, hay temas más importantes de los que ocuparse. Si hay una cosa clara, es que no se va a ningún lado pretendiendo hablar de 1833. De haber progreso, sólo lo habrá cuando las tres partes (argentinos, británicos e isleños), enfrenten el aquí y ahora.

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