Crítica
Sábado 13 de marzo de 2010
La recién estrenada cinta Pájaros de papel supone el debut como director de cine de Emilio Aragón y el regreso a la gran pantalla de Imanol Arias, dos argumentos de mucho peso para acudir a verla, a la vez que dos elementos altamente peligrosos para determinar su éxito ante el público y la crítica, porque, con estos datos, cuando el espectador acude al cine seguramente lo hace con las expectativas muy altas, esperando encontrarse con uno de esos trabajos inolvidables que quedan para siempre y que nos reconcilian con la industria cinematográfica de nuestro país.
En lo que se refiere a su director, Emilio Aragón es posiblemente el hombre más versátil de nuestro país, que domina el espectáculo en todas aquellas facetas en las que decide trabajar. Es actor, presentador de televisión, director de orquesta y compositor (de hecho, la banda sonora de ésta su primera película es también obra suya), dueño de Globomedia, la productora más grande de España, presidente del canal de televisión La Sexta y, por supuesto, un jovencísimo payaso que junto a su familia hacía reír durante aquellas tardes inolvidables para la generación de los niños que crecieron con el circo de la tele. Para su debut cinematográfico, el polifacético artista ha elegido una historia emotiva de corte intimista de la que percibe enseguida que es, además, profundamente personal, un claro homenaje a su familia de cómicos, especialmente, a su padre, el fantástico Miliki, que, a punto de cumplir 81 años, aparece con una pequeña interpretación al final del filme, pero cuya figura planea por la historia que se narra durante todo el metraje.
La historia, escrita por el propio Aragón en colaboración con Fernando Castets, narra la historia de un actor cuya familia muere durante la Guerra Civil y tiene que sobreponerse a la terrible pérdida para volver a su trabajo con la pequeña compañía de vodevil con la que viaja de pueblo en pueblo en el periodo inmediatamente posterior al final de la guerra. No es, desde luego, un relato original. Antes que Pájaros de Papel otras cintas han narrado las dificultades de estos cómicos para ganarse el sustento con su profesión en una época de represión en la que tanto sus actuaciones como su vida privada estaban vigiladas. Una tragicomedia bastante previsible a la que cuesta demasiado arrancar y no consigue sorprender ni siquiera cuando intenta dar un giro inesperado de la acción que se queda en la mera constatación de que había gato encerrado y que el espectador, más o menos, ya había adivinado por dónde iban a ir los tiros. Son su exquisita ambientación, la cuidada fotografía y la buena dirección artística los elementos que consiguen que, al final, el producto destace por su elegancia e interés estético.
El otro logro de Emilio Aragón ha sido, sin duda, conseguir que Imanol Arias dejase descansar, al menos temporalmente, a Antonio Alcántara, a pesar de que el fantasma del famoso personaje televisivo se cuele sin remedio en algunas escenas o diálogos, y es que después de diez temporadas en la serie, el papel parece haber acabado adherido al actor leonés como si se tratase de una segunda piel. El reparto se completa con un correcto Lluís Homar, una poco convincente Carmen Machi y Roger Príncep, el niño que se dio a conocer por su papel en El Orfanato.
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