Luis de la Corte Ibáñez | Domingo 14 de marzo de 2010
Durante el siglo XX la austera ciudad de Valladolid dio a España y al mundo varios escritores enormes. Teniendo por único merito haberlos leído con fidelidad reincidente, he escrito aquí alguna vez sobre dos de ellos: Francisco Umbral, uno de los mejores prosistas en español del siglo XX; y Julián Marías, filósofo de innumerables sabidurías, ejemplo cívico y ensayista formidable y original. Habiendo más, otras dos plumas nacidas en Valladolid destacan sobre las demás; Jorge Guillén, poeta de visiones esclarecidas como las ofrecidas en Cantico; y, naturalmente, Delibes, don Miguel Delibes, huido hacia otra vida hace sólo unos días.
Recuerdo el primero de los libros de Delibes que pude leer, La hoja roja, en una edición publicada en una colección de Salvat cuyos volúmenes ocupaban parte de las estanterías de mis padres. Gracias a esa colección leí por primera vez a Ortega, Unamuno, Machado, y también a Goethe, además de Delibes, claro. Pero vuelvo a La Hoja Roja, una historia de un señor de provincias que comienza el día que le jubilan de su trabajo en un aburrido departamento de Sanidad… Si a la edad en que tomé en mis manos esa novela alguien me hubiera anticipado su tema antes de abrir sus páginas seguramente la hubiera devuelto de inmediato a su sitio. Por suerte, nadie lo hizo y aquella primera historia, serena y tierna, me impulsó a seguir a su autor por librerías y bibliotecas. Para opinión de algunos críticos y muchos lectores, Miguel Delibes ha sido el mejor novelista español durante la segunda mitad del siglo XX. Es un juicio arriesgado y drástico al que humildemente me sumo. En las novelas de Delibes todo interesa, todo está escrito con palabras precisas y bellas, todo es esencial para el desarrollo del relato, nada sobra ni estorba. Una vez conocidos, sus personajes se vuelven inolvidables. Otra marca del autor que suena a tópico, pero que resulta rigurosamente cierta: la humanidad de su perspectiva, su predilección por posar la vista sobre las vidas corrientes de personas humildes, sencillas, buenas, casi siempre con Castilla al fondo. Y, por último, esos tres elementos que Delibes convirtió en norma de toda su narrativa y que definen las esencias del propio género novelístico: “un hombre, un paisaje, una pasión”.
“Un hombre (o una mujer), un paisaje y una pasión”, definición de una novela, pero también algo más. Porque, como repitiera Ortega, el hombre es novelista de sí mismo y, por consiguiente, ninguna vida puede entenderse si no es contada, narrada (“el hombre no tiene naturaleza sino historia”, etc.). Recordando esto, una vez me atreví a repetir el lema narrativo de Delibes (“un hombre, un paisaje y una pasión”) para describir el sentido de un libro mío que no era una novela, sino una biografía intelectual (y que, como todo libro sacado de una tesis doctoral, nació condenado al olvido). Fue en una Feria del Libro en Valladolid. Y el lugar y la referencia a Delibes no fueron casuales sino elegidos. El protagonista de aquel primer libro mío, el sacerdote jesuita Ignacio Martín-Baró, había nacido en Valladolid, en la familia del periodista y poeta vallisoletano Francisco Martín Abril, amigo y compañero de Delibes, y había llevado una vida de novela. Novela sin ficción que acabó en tragedia cuando el profesor de Psicología Martín-Baró, el filósofo Ignacio Ellacuría, el sociólogo también vallisoletano Segundo Montes y otros compañeros jesuitas cayeron asesinados en un campus universitario de San Salvador, una madrugada de noviembre de 1989, en medio de una guerra civil. Y entonces Miguel Delibes recordó con cariño a Ignacio Martín-Baró, al que había visto crecer, dedicándole una breve semblanza (“Nacho el mago”), publicada con dolor pocos días después en El Norte de Castilla y cerrada con su habitual ternura: “quiero creer que, en aquel momento desdichado, el cielo de la ciudad de San Salvador se poblaría de palomas blancas en homenaje a su gesto y a su memoria”. Nuevamente, Delibes evocaba la suerte de otro santo inocente. Pero ahora que se ha ido toca recordarle a él como lo que ciertamente fue y como quedó reflejado en sus libros: un magnífico escritor y un hombre bueno. De Valladolid al cielo.
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