Opinión

El ruiseñor japonés, anunciador de la primavera

Hidehito Higashitani | Lunes 15 de marzo de 2010
Ya traté en mi artículo anterior de la flor de ciruelo, cuya floración coincide precisamente con esta época del año en que estamos, como uno de los temas tradicionales en la poesía japonesa a lo largo de su milenaria historia.

Y junto con esta flor de ‘ume’, no hay que olvidar tampoco la presencia del simpático pajarillo ‘ugüisu’ en esta época del año con su maravilloso canto como mensajero de la inminente llegada de la primavera.

El ‘ugüisu’ –científicamente denominado ‘Cettia diphone’ y en inglés ‘Japanese Nightingale’, que sería ‘Ruiseñor Japonés’ en castellano- se considera tradicionalmente como compañero inseparable de la flor de ‘ume’ no sólo en las composiciones poéticas sino también dentro del mundo de la pintura japonesa, concepto artístico tradicional que se sigue manteniendo hasta ahora.

De hecho en el Cancionero Man’yôshû del siglo VIII aparecen numerosas piezas poéticas que tratan del pajarillo ‘ugüisu’ y de la flor de ‘ume’ conjuntamente como compañeros inseparables que simbolizan esta época del año, a caballo entre las dos estaciones de invierno y de primavera.

Por ejemplo leemos un poema como éste:

Van deshojándose ya las flores de ‘ume’…
Y en mi bosque de bambúes
gorjea un ruiseñor japonés
como si tuviera lástima de sus compañeras
que se le van dispersando.


(Versión original japonesa: Ume no hana/ chirakamu oshimi/ waga sonono/ take no hayashini/ ugüisu nakumo.)

En este sentido, es muy conocida la vieja leyenda llamada de “Ôshukubai” (literalmente, “Ciruelo, hogar de ruiseñores”) en la que se manifiesta claramente la familiaridad y el cariño que siente el alma del pueblo japonés hacia el bello gorjeo del ruiseñor japonés en esta época del año.

La leyenda nos cuenta una historia tan entrañable como ésta:

Hacia mediados del siglo X, concretamente en el reinado del Emperador Murakami (946-967), se secó una vez el cruelo del jardín del palacio imperial que había venido deleitando al propio Emperador y demás cortesanos con sus hermosas flores cada año. Entonces el Emperador Murakami, dolido por la mala suerte del árbol, mandó buscar otro que pudiese sustituirlo en su jardín del palacio.

Pues bien, los súbditos, después de una intensa labor de búsqueda, encuentran un ciruelo muy a propósito en el jardín de la mansión de un noble de alto rango. Presionan en nombre del Emperador al dueño de la mansión para que les ofrezca el árbol y que muestre de esa forma su espíritu de acatamiento a la voluntad regia. Y finalmente consiguen trasplantarlo en el jardín del palacio.

Sin embargo, replantado de esta manera el árbol allí en el palacio imperial, el Emperador descubre ahora una hoja de papel atada en una rama del mismo árbol. Y al quitarla de la rama ve que en ella está escrito un poema con la firma de la esposa del dueño de la mansión.

El poema decía así:

Cuando de una regia disposición se trata,
como fiel súbdita suya que soy, sé acatarla.
Pero ¿qué les repondo yo a los ‘ugüisu’ de mi jardín
cuando me pregunten
qué ha sido de su hogar amado?

(Versión original japonesa: Choku nareba/ itomo kashikoshi/ uguisu no/ yadowa to towaba/ ikaga kotaen.)

El Emperador Murakami, experto y gran conocedor del arte de la poesía, en seguida ordenó devolver el árbol a los pajarillos del jardín de la mansión, avergonzado de su atrevimiento y de su falta de delicadeza hacia una dama de tan exquisita sensibilidad.

De esto ya han pasado más de mil años.

Los pajarillos ‘ugüisu’ nos siguen deleitando indefectiblemente con sus maravillosos gorjeos cuando llega esta época del año.

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