Carlos Arriola | Lunes 15 de marzo de 2010
La angustia del presidente Calderón y de su partido (PAN) por los posibles resultados de las elecciones de este año es mayúscula, raya en lo patológico. Todo indica que el PRI ganará la mayoría de las 12 gubernaturas en juego, así como un buen número de alcaldías y de diputaciones locales. Las alianzas que han suscrito con sus enemigos tradicionales dan idea del tamaño de la preocupación, pues no les ha importado el costo del escándalo que han suscitado y de las renuncias que han provocado en sus propias filas.
Varios comentaristas de la vida pública, no todos calderonistas, comparten esta zozobra por un regreso del PRI al poder, aunque no han sabido explicar sus razones. De ahí que sus textos se encuentren más cerca del exorcismo que del análisis político. Parten de la premisa de que el PRI no ha cambiado, sin especificar en qué sentido.
Aceptando sin conceder que el PRI no hubiera cambiado, el país es otro, lo que imposibilita cualquier intento de restaurar el antiguo régimen, el de la Revolución mexicana. Éste se consolidó en la década de 1929-1939, gracias a que las grandes potencias se encontraban demasiado ocupadas en resolver los problemas económicos internos y preocupadas por la consolidación de la Unión Soviética, el avance de los partidos comunistas y el ascenso de los fascismos que llevarían al conflicto armado.
Gracias a estas circunstancias, México tuvo la oportunidad única e irrepetible de abocarse, con sus propios medios e ideas, a resolver los grandes problemas nacionales: la distribución de la tierra, propuesta de un Ilustrado español en el siglo XVIII; la recuperación del control nacional de la riqueza del subsuelo; la reivindicación del indígena y el apoyo a los movimientos campesinos y obreros que se convirtieron en actores fundamentales del proceso político, amén de la extensión de los servicios de salud y educación.
Después del fallido intento de la Jerarquía eclesiástica de oponerse con las armas al régimen de la Revolución, ningún movimiento contó con la fuerza ni las ideas necesarias para poner en entredicho la legitimidad de los gobiernos revolucionarios y mucho menos su poder, sustentado en un amplio apoyo popular. Gracias al grado de autonomía alcanzado por el Estado mexicano, fue posible la estabilidad política, el desarrollo económico y la continuidad básica en los programas gubernamentales. Otros dos logros fundamentales, generalmente soslayados, fueron, primero, arbitrar los conflictos sociales pues ni el capitalismo ni la incipiente “burguesía” fueron perseguidos. Y, segundo, promover, y después apoyar, a los partidos políticos de oposición, lo que contribuyó, junto con la educación pública, a la formación de ciudadanos, ya que la Colonia heredó un régimen de castas que el liberalismo del XIX no alcanzó a suprimir, debido a las intervenciones extranjeras y los levantamientos internos.
El México de hoy es otro. En el ámbito internacional colindamos con la potencia hegemónica con crecientes preocupaciones por su seguridad, al igual que todas las potencias e imperios. México ha sido incluido en el área de seguridad estadounidense, con todo lo que ello implica. Si se añade la adquisición, parcial o total, de un buen número de empresas mexicanas por firmas norteamericanas, incluyendo universidades privadas, no es exagerado hablar de un cierto tipo de régimen proconsular.
En el ámbito interno, la distribución del poder también se ha modificado sustancialmente con respecto a la que prevaleció hace tan sólo 20 ó 30 años atrás. La Iglesia ha recuperado sus posiciones y vuelve a las andadas; sus intervenciones en temas políticos, que no le corresponden, es total y no oculta sus simpatías, ni sus odios. Los grupos de presión han crecido en número y fuerza y púdica pero erróneamente son llamados poderes “fácticos”. El movimiento obrero, anteriormente más o menos unificado, se ha dividido y mantiene una gran autonomía con respecto a los partidos políticos. Los campesinos que aún no han emigrado siguen siendo más fieles a la tradición revolucionaria, aunque sus simpatías políticas oscilan entre el PRI y otros partidos y movimientos de izquierda. Last but not least, al interior del PRI, el poder se ha descentralizado, por no decir feudalizado.
En suma, los factores internacionales y locales impiden cualquier intento de restauración del antiguo régimen. El problema de fondo no radica en un eventual regreso del PRI, sino en saber qué podrá hacer para recuperar la gobernabilidad, promover el desarrollo, arbitrar los conflictos, ordenar la maltrecha administración pública, y, lo más importante, a la vez que difícil, recuperar la autoridad del Estado.
A los problemas ancestrales, en particular la distribución del ingreso, se suman los nuevos, resultado de la mundialización y que son bien conocidos de todas las naciones: la dificultad para acotar al libre mercado, reglamentar los movimientos de capital, limitar la especulación, gravar las grandes fortunas, destinar mayores recursos al gasto social, entre otros muchos. Ninguno de estos problemas es abordado por los que temen el regreso, aún incierto, hay que subrayarlo, del Partido Revolucionario Institucional.
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