Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 15 de marzo de 2010
Durante la reciente visita del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, a España, Zapatero ratificó el apoyo al ingreso de Turquía en la UE. Candidato oficial a convertirse en Estado miembro, el país euroasiático negocia con Bruselas desde hace años y ha hecho algunas reformas con ese objetivo, aunque esté todavía muy lejos de merecer la adhesión plena. Pero ese hipotético ingreso es un tema polémico, carece de consenso en el seno de la UE y los dos países más importantes, Francia y Alemania (hay que reconocer que el famoso eje París-Berlín cabalga de nuevo, si es que alguna vez dejó de hacerlo) han hecho pública, en más de una ocasión, su oposición a la entrada de Turquía en el bloque europeo. Sarkozy llegó incluso a afirmar que la sometería a referéndum. Nadie duda que Turquía es un país con una posición estratégica relevante, cuya “occidentalidad” estaría constatada por su pertenencia a la OTAN, con buenas relaciones con muchos países europeos, entre ellos España. Un país, además, con el que, dentro o fuera, la UE debe mantener una estrecha relación como la que, por ahora, representa el acuerdo preferencial de que disfruta.
Como argumento para apoyar el ingreso, no hace mucho una autoridad del ministerio de Exteriores recordaba, sorprendentemente, su carácter mediterráneo. Sobre esa base, se puede preguntar por qué no se invita a Israel a entrar en la UE e, incluso, para acallar las suspicacias árabes se podría invitar a Marruecos, con quien la UE acaba de celebrar una cumbre en Granada, en la que se ha confirmado el Estatuto Avanzado, concedido al país alauita, condición que, también oficialmente, se ha llegado a definir como dotada de todos los beneficios de miembro, pero sin serlo. Todo lo cual demuestra que siempre hay argumentos para cualquier objetivo. Argumentos a favor, pero también argumentos en contra, que no deben dejar de considerarse.
Sin entrar en el obstáculo que representa Chipre, hoy por hoy sin resolver, lo primero que habría que preguntarse es si se puede considerar a Turquía como un “país europeo”, requisito necesario para solicitar el ingreso según el artículo 49 del Tratado de Lisboa. Sólo el 5 por ciento del territorio turco está en el continente europeo y aunque históricamente dominó la península balcánica, nunca fue considerado como un integrante de lo que en el siglo XIX se denominó “el concierto de Europa”. Con Kemal Atatürk, y tras la caída del imperio otomano, Turquía hace un extraordinario esfuerzo de occidentalización y de laicización, pero eso no la transformó en un país europeo. Más allá de estas consideraciones históricas y geográficas, tiene mayor relevancia el análisis de lo que está sucediendo allí desde que el partido de Erdogan, calificado como “islamista moderado”, llegó al poder en 2003. La UE exige, como es natural, el sometimiento de las Fuerzas Armadas al poder civil y esa exigencia ha permitido a Erdogan romper el espinazo del ejército que, desde Kemal, era allí el principal bastión de defensa del laicismo, Rumores de golpe militar, que fuentes independientes consideran, en todo caso, como exagerados (nadie se imagina que los militares pretendieran poner bombas en las mezquitas de Estambul o derribar los aviones de su propia fuerza aérea, según se les ha acusado) han sido el pretexto para detener, desde 2007 a más de 200 personas y para someter a escuchas telefónicas a más de 100.000, incluidos militares, jueces y periodistas. El propio jefe del estado mayor que, en principio goza de la confianza del Gobierno, se ha referido a “una guerra psicológica asimétrica contra el ejército”. Yugulados los militares ahora les ha tocado el turno a los jueces, para lo cual se va proceder a introducir en la Constitución una serie de reformas.
Todos estos acontecimientos, que aparecen un día tras otro en la prensa internacional, están haciendo que se acredite la tesis de que Erdogan está llevando a cabo un proceso encubierto de reislamización, contenido inicialmente por el Tribunal Constitucional, pero relanzado desde que Gul ocupó la presidencia de la República en 2007. Algunos no han olvidado que, hace años (1998), Erdogan, antiguo alcalde de Estambul, dijo aquello de que “las mezquitas son nuestros cuarteles, los minaretes nuestras espadas y los fieles nuestro ejército”, que le valió una sentencia condenatoria. Un especialista en Turquía escribía hace unos días en un medio norteamericano que “ni Europa ni los Estados Unidos podían permitirse ignorar la transformación de Turquía en un país que es cada vez más iliberal en el interior y más antioccidental en su política exterior”. Una fotografía de Erdogan dando la mano a “su nuevo amigo” Ahmadineyad, ambos sonrientes y complacidos, ilustraba el artículo.
De lo que no puede caber ninguna duda es de que, reislamizada o no, una Turquía como miembro de la UE, con una población a punto de superar a la de Alemania, desequilibraría radicalmente la arquitectura institucional de la UE. Las piezas de la nueva arquitectura lisboeta no están todavía encajadas y todo hace pensar que, con la crisis de por medio, tardarán mucho en alcanzar la estabilidad y la eficacia. Una vez más quedaría a la vista que ampliación y profundización son dos procesos que no se pueden proseguir simultáneamente. Sobre todo si las credenciales democráticas de los candidatos no son totalmente limpias. Pese a ese extraño ente que es la Alianza de las Civilizaciones, en cuyo seno Zapatero y Erdogan son socios.
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