Concha D’Olhaberriague | Martes 16 de marzo de 2010
De Cádiz llega al Cuartel del Conde Duque de Madrid una exposición titulada Ciudadanos. El nacimiento de la política en España (1808-1869).
Las salas que llevan los nombres de Pedro de Ribera -autor de la portada barroca por la que se accede - y Juan de Villanueva -el arquitecto neoclásico del Museo del Prado- , acogen esta muestra, avanzadilla de los festejos conmemorativos del bicentenario de la Constitución gaditana del 1812, conocida como la Pepa por la coincidencia del día de su promulgación con la onomástica del 19 de marzo.
Un año antes, en la hermosa ciudad atlántica de las placitas y la rejería isabelina, se empezó a usar la voz liberal aplicada a un partido o a individuos en la acepción moderna. Luego pasó a Francia, a Inglaterra y a otros pueblos, según nos ilustra Antonio Alcala Galiano en “Orígenes del liberalismo español”, artículo publicado en La América el 12 de julio de 1864.
En el Siglo de Oro, liberal era tanto como generoso o desprendido, liberado de trabas y cerrojos para ofrecer y compartir de natural, por el placer de hacerlo.
Y a la par que liberal en el sentido decimonónico, surge el concepto de ciudadano, nueva versión del polites griego, quien se sabía partícipe de un proyecto compartido y no mero habitante de un lugar.
La polis es comunidad para el bien –así la define Aristóteles- y sociedad a la vez. Para entonces, no obstante, la institución se hallaba ya en plena decadencia tras la derrota de Atenas a manos de Esparta en la Guerra del Peloponeso finalizada en 404 a.C.
Su maestro Platón había teorizado sobre las virtudes de la polis, trasunto de las que proyectaba en el polites , o más bien al revés, y todo ello en su obra principal llamada Politeia pese a que la tradición haya consagrado para ella el ciceroniano nombre de República.
Eran otros tiempos y más que nada otras dimensiones. Y no es baladí la irradiación de una sola raíz en la lengua griega (polis, politeia, politiká) para las tres nuestras de ciudad, constitución y política.
Pero también el mundo evocado en la exhibición del Conde Duque deviene hoy lejano y distinto.
Ciudadano era entonces un concepto emergente, arriesgado y pleno de sentido para aquellos dispuestos a tomar las riendas de la nación y contraponer a la de Bayona de 1808 la Carta Magna de la antigua Gades, una de las ciudades de Europa más ricas en historia.
Y, en fin, ser liberal en España –decía Larra- es ser emigrado en potencia.
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