Jueves 18 de marzo de 2010
Este pasado miércoles, las calles de Jerusalén vivieron horas de tensión y enfrentamientos a causa del “día de la ira” convocado por diferentes grupos palestinos. Hacía tiempo que no se producía algo semejante en la zona y la verdad es que el recuerdo de pasados acontecimientos no augura nada bueno. Las circunstancias actuales recuerdan a la provocación que en el año 2000 efectuó Ariel Sharon con su paseo por la explanada de las Mezquitas, dando lugar a la Intimada. Aquello tardó mucho tiempo en solucionarse, y el saldo de víctimas mortales es una prueba de lo fino que hay que hilar en Oriente Medio para no despertar susceptibilidades.
Algo que no ha hecho Benjamin Netanyahu con su nuevo impulso a la política de asentamientos judíos en Jerusalén este, acción que le ha valido las críticas no sólo del mundo árabe, sino también de la Unión Europea y de Estados Unidos. En relación a esto último, el primer ministro israelí se apresuraba a dar las gracias a Hillary Clinton por el -a su juicio- “valioso apoyo de la administración Obama”. Nada más lejos de la verdad. Lo que ha hecho Estados Unidos ha sido reafirmar su alianza estratégica con Israel, pero no con su gobierno, a quien censura su torpeza con los asentamientos. Esa misma torpeza le puede salir muy cara a Netanyahu, quien ya empieza a recoger los frutos que ha sembrado en forma de disturbios callejeros. Eso si es que la cosa no va a más, lo cual, tratándose de Oriente Medio, es una posibilidad nada desdeñable. Que no se equivoque Netanyahu: provocar sin motivo a los palestinos y querer recabar después el apoyo incondicional de Occidente es una muy mala manera de hacer política. Ojalá no le pase factura a Israel y a todos nosotros de paso.
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