Con casi 60 años de trabajo dedicados a la interpretación, Nuria Espert se ha ganado el apelativo de gran dama del teatro español. Lleva acumulados 170 premios, a los que se ha sumado esta semana el IV Premio Valle-Inclán, que la ha reconocido como la mejor intérprete del año por su papel en “La casa de Bernarda Alba”.
Han pasado 58 años desde que
Nuria Espert se subió por primera vez a un escenario. Fue en 1952, cuando la actriz Elvira Noriega se sintió indispuesta y Espert fue elegida para sustituirla. El papel que interpretó entonces, el de
Medea, la encumbró a lo más alto del panorama artístico. Siete años después de tomar contacto con este personaje de la mitología griega, que ella misma califica como “oscuro y desdichado”, lo volvió a interpretar en Mérida, como también lo hizo a los 40, 60 y 69 años.
El texto clásico de Eurípides le ha reportado alegrías inmensas en su carrera, como también las interpretaciones de personajes de las obras de
Federico García Lorca, entre las que se cuentan las “yermas”, “bernardas” y “rositas” a las que ha dado vida. A su brillante manera de encarnar las mujeres del poeta granadino se sumó el papel de la
Celestina, que ella misma califica como “de lo mejor” que ha hecho en su carrera.
En su trayectoria no todo ha sido interpretar. Espert también ha probado suerte como
directora teatral, campo en el que ha destacado. El año 1986 fue crucial para ella al lograr debutar como directora escénica en el Liric Theatre de Londres con “La casa de Bernarda Alba”, llevar a escena dos óperas en la Royal Opera House de Londres y recibir el Premio Nacional de Teatro.
Durante años ha compaginado su labor en la dirección con la interpretación, a la que nunca ha renunciado. Los proyectos en los que se ha embarcado han sido y siguen siendo tantos que pensar en que ha tenido vida personal parece utópico. Pero nada que ver. Casada desde los 19 años con el actor y empresario
Armando Moreno, Espert ha sido, además de esposa, madre. Fue en su marido en quien encontró un apoyo fundamental en su carrera al fundar juntos su primera compañía, y un compañero de viaje durante 40 años hasta su muerte, en 1994, momento en el que la actriz creyó que su vida en el teatro había llegado a su fin. Sin embargo, tras el bache, Espert se repuso y encadenó éxito tras éxito sobre los escenarios.
Sólo cuatro años después de la pérdida de su esposo, Espert volvía a la escena en “Master Class”, donde se atrevía con el papel de
María Callas. Su interpretación de la diva de la ópera dio paso en 2001 a la de la clásica Medea, papel que volvía a tener en sus manos tras años latente en su interior. Lo bordó durante el tiempo que duró la gira que la llevó por toda España y la afianzó como integrante del selecto grupo de artistas de referencia.
En los últimos años, ha sumado premios hasta alcanzar la cifra de
170 galardones. Los últimos han sido el Premio Ercilla a su trayectoria artística, el Premio a Toda una Vida de la Unión de Actores y el Premio José Isbert, entre otros. A su colección de reconocimientos ha incluido uno más tras recibir esta semana el
IV Premio de Teatro Valle-Inclán, concedido por
El Cultural . Cuando lo recogió no dudó en agradecer el premio con una humildad y sencillez dignas de admirar y que no hace sino acrecentar su apelativo de gran dama del teatro español.