Antonio D. Olano | Jueves 18 de marzo de 2010
Tengo para mí que la magia adjetivo que, de tanto usarlo, se ha convertido en un sinsentido tópico, la magia solamente está en posesión de los magos. Uno de ellos, por eso corresponde al sustantivo, se llama Fernando Sánchez Dragó y es un lujo para la Literatura española. La que se oferta y no se salda, siempre a la baja, que es la que corresponde a la morralla “que por el arte de burla y birlo que se encarama en las cucañas, uséase las clasificaciones de la venta de libros que mas me recuerdan a la clasificación de una Liga futbolística.
Lo que sucede es que los clubes se ganan la clasificación disputándola en los terrenos de juego y no manipulándola en despachos de editoriales e inventándose un referendum que compensa la vanidad de los imbéciles.
El Dragó, con o sin “dragonera”, cada día nos gusta más y más entusiasma a sus lectores y “televidentes” porque siempre recibe al toro a “portagallola”, sin despeinarse, como le ocurre a los buenos toreros.
Y un grandioso torero es el que a él, a mi y a los buenos aficionados nos gusta:
Don Enrique Ponce académico de la Real de Córdoba y Doctor. Cum Laudem de la universidad del torero. Ponce no está en subasta. Su valía por encima de las discusiones arrabaleras de las que se deduce que, como decía un gran torero “no hay partidarios de un torero si no enemigos de su competidor”.
Sánchez Dragó titula unas de sus crónicas de el “El Mundo” “Josué en Olivenza” afirma que “Ponce” se abrió de capa y fue tan grande lo que hizo, toreó tan bien, con tanto temple, inspiración, imaginación, arte, suavidad, elegancia y gracia que el tiempo se detuvo y el sol, para verlo torear tam bien. Los ángeles aplaudían. Ponce fue Josué ante los muros de Gabaón, y no hubo día como aquel ni antes ni después, porque Jehová, habiendo atendido la voz de un hombre, peleaba por Israel”.
Zabala de la Serna titula, la “poncina mágica”
Enrique Ponce , como le sucediera a “Joselito”, a Domingo Ortega a Luis Miguel Dominguín y a pocos toreros más gusta, se gusta y no va pregonando, entre aspavientos y sangre que más bien parece de un torero menstruante, su mercancía. Y es que esos matadores citados como ocurre hoy con Ponce o con Sebastián Castella (curioso el cartel de Botero en el que pinta al francés anunciando una corrida por Haití) no precisan de explicar lo que se desprende de su tarea. Ponce es una antología en si mismo –cuerpo corazón y alma- de la esencia y de lo esencial del torero.
A los que no conocen el abecedario de la firma les parece sencillo lo que hacen los grandes.” ¡Qué difícil es lo fácil, que cerrados los caminos!” Decía en verso Juan Ramón.
Enrique Ponce vence, convence, acciona y emociona ante sus grandiosamente sencillas actuaciones recuerdo una frase de Jacinto Benavente que hacia decir a uno de sus personajes de la vieja farsa:
“Es tan grande lo que me pasa que parece que no me pasa nada”.
Ponce podría escuchar:
“Es tal la llamada intensidad de su torero que encierra al entusiasmo en el más respetuoso de los silencios.
¡Que pare la vida!
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