El balompié en América latina ha sufrido la violencia de sus aficionados más radicales durante décadas. Si embargo la sombra del narcotráfico, que protagonizó terribles asesinatos a futbolistas y dirigentes en el pasado, se está relacionando con el fútbol sudamericano con renovado interés. La actualidad está marcada por el ataque sufrido por el delantero paraguayo Salvador Cabañas, cuyo agresor está vinculado al negocio de la droga mexicano. Además, esta semana fue sorprendido el delantero brasileño Wagner Love acudiendo a una favela con un conocido traficante carioca. Los lazos entre las mafias de estupefacientes y el fútbol latino se están estrechando peligrosamente.
El
fútbol es uno de los deportes de masas que con más frecuencia sufre violencia, ya sea en el terreno de juego entre rivales, en la grada entre aficionados o incluso en las tribunas con ataques dialécticos entre directivos. La tensión que amordaza las competiciones más importantes provocan reacciones terribles y lamentables de deportistas -como los
pisotones, celebraciones de gol ofensivas, graves insultos que se profieren en ocasiones a los colegiados-, que más tarde se traducen en agresiones de los ultras de cada equipo, cerrando el círculo de la sinrazón. Sin embargo, el nivel de locura de las actuaciones violentas no suele finalizar en la muerte de algún deportista o aficionado, ni se contempla el ataque de un ultra a un futbolista en su tiempo de ocio.
Pero el universo futbolístico se compone de muchos mundos, con condicionantes y circunstancias peculiares en cada localización. En este aspecto cabe considerar una gran diferencia entre el balompié europeo y el sudamericano. En nuestro continente se registran tumultos que en escasas ocasiones tienen fatales consecuencias –un ejemplo es la muerte del hincha del Lazio
Gabrielle Sandri tras enfrentarse a unos aficionados rivales, o la catástrofe acontecida en el estadio de
Heysel. En América es considerablemente más habitual asistir a reyertas entre hinchas con el peor resultado posible.
La alarma a este respecto surgió a finales del año 2009, cuando el ex futbolista del
Celta de Vigo Fernando Cáceres sufría un ataque por parte de unos encapuchados, que le
disparaban a bocajarro cuando el defensa trataba de acceder a su automóvil. Este caso fue el preludio de la catástrofe que iba a suceder unos meses después. El 25 de enero del presente año, el goleador paraguayo
Salvador Cabañas recibía varios disparos, uno de ellos en la cabeza, en un bar de la capital mexicana. El ataque al delantero estrella de la liga azteca y perteneciente al
Club América destapó el condicionante decisivo en la diferenciación entre la violencia del balompié europeo y el sudamericano: el
narcotráfico. Días después del terrible suceso y ante la presión social por conocer qué ocurrió en la fatídica noche, la procuraduría de
México D.F. ha avanzado que el principal sospechoso de la agresión es
Jorge Balderas, apodado ‘JJ’, un sicario relacionado con el negocio de la droga con más de 10 alias conocidos, y un sinfín de actos delictivos a sus espaldas. También se ha facilitado el nombre del acompañante del agresor de
Cabañas –al que no se le podrá sustraer la bala del cráneo-,
Francisco Barrueto, alías ‘
El Contador’ o ‘El Paco’, otro personaje relacionado con el crimer organizado y el narcotráfico.
El trágico atentado sufrido por el delantero paraguayo ha desempolvado la tormentosa relación entre el negocio de las drogas y el fútbol. En
México no es la primera ocasión en la que los designios de los cárteles deciden quitar de en medio a algún futbolista, entrenador o directivo. Los fantasmas del pasado se personifican en
David Mendoza, ex futbolista del
Cruz Azul, que el 31 de octubre de 2008 fue
asesinado a manos de unos sicarios cuando el futbolista circulaba con su automóvil. Los ajustes de cuentas, relacionados con redes de apuestas ilegales y resultados deportivos, también afectaron al entrenador argentino
Rubén Omar Romano, que fue secuestrado el 19 de julio de 2005 y liberado dos meses más tarde. La triste lista también contiene al jugador de
Chivas Octavio Muciño y el defensa
Jaime López, ambos asesinados a balazos en circunstancias extrañas. En los últimos tiempos, un
club mexicano de la segunda división, el
Mapaches, fue
expulsado de la competición porque algunos de sus directivos estaban relacionados con las redes de narcotráfico del país.
Pero si hay un país en el que el narcotráfico haya azotado al fútbol, ese es
Colombia. El estado cafetero, que en los últimos años no ha lamentado crímenes en el mundo del fútbol provocados por el negocio de la droga, es el de mayor experiencia en la dicha relación. De hecho hay un acontecimiento que ha marcado al balompié colombiano y del que todavía se resiente: el
asesinato de
Andrés Escobar. El defensor que formó parte del gran equipo que viajo al
Mundial de Estados Unidos ´94 con altas aspiraciones, se anotó un autogol que significó la eliminación de la mejor selección de
Colombia, y que significaría también su
sentencia de muerte. Diez días después de la eliminación del torneo,
Escobar recibía doce balazos en una discoteca de
Medellín. Escobar, que junto a otros ilustres como
René Higuita o Leonel Álvarez consiguieron la primera Copa Libertadores para Colombia cuando formaron parte del
Nacional de Medellín, fue un símbolo de la tragedia que el fútbol sufría en silencio en el país americano por redes de apuestas relacionadas con los cárteles.
Otro lamentable “hito” en la violencia del narcotráfico sobre el balompié colombiano se encuentra en el año 1989, el 15 de noviembre. Ese día fue
asesinado el árbitro Álvaro Ortega. El colegiado fue acribillado en
Medellín tras dirigir un encuentro de Liga. Las autoridades atribuyeron el asesinato a los '
apostadores' ligados al narcotráfico que sintieron afectados sus intereses con la actuación de Ortega en otro compromiso de ese campeonato. Ese crimen y la presión del gobierno llevaron a la
División Mayor del Fútbol Colombiano (Dimayor, Liga profesional) a
suspender el torneo de 1989 y a declarar desierto el título de campeón, en un hecho sin precedentes en el país.
En los últimos años se ha descubierto que algunos de los equipos más brillantes del fútbol colombiano recibían una gran ayuda de manos del dinero ilícito de los traficantes del país. Las autoridades colombianas aseguran que los hermanos
Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, los ex jefes del desarticulado
cártel de la cocaína de
Cali que se encuentran presos en Estados Unidos, controlaron al
América de Cali en las últimas dos décadas. Según las fuentes oficiales, familiares de los
Rodríguez Orejuela siguieron en el equipo después de que los dos 'capos' fuesen extraditados a Estados Unidos, en 2004 y 2005. El club fue añadido a la “
Lista Clinton”, que suscribe a todas las organizaciones relacionadas con el narcotráfico y el crimen organizado.
Además, jugadores muy reconocidos como el portero
René Higuita o el ex madridista
Freddy Rincón, han pasado por la cárcel tras ser relacionados con el narcotráfico. En 1991, el portero
Higuita visitaba en la cárcel de
La Catedral al capo
Pablo Escobar, del que se declaraba amigo. Años después, pasó más de medio año en la cárcel por mediar en el secuestro de la hija de un amigo. En 2004, cuando jugaba en Ecuador, dio positivo por cocaína, y no pudo levantar el vuelo. Con respecto a
Rincón, el jugador colombiano fue acusado en Brasil de haber lavado recursos ilegales procedentes de una organización de narcotraficantes comandada por el colombiano
Pablo Rayo Montaño.Y es que
Brasil se ha convertido en los últimos tiempos en el país sudamericano con más situaciones que involucran a futbolistas con narcotraficantes. La última ha sido protagonizada el 27 de febrero, por el delantero del
Flamengo –internacional con la canarinha y ex del CSKA de Moscú-
Wagner Love, que acudió a una fiesta en la favela
Rocinha lugar al que llegó acompañado de varios hombres armados, quienes presumiblemente serían narcotraficantes. Pero incluso su compañero en la delantera del “Fla”, el ex interista
Adriano, ha tenido problemas por cometer actos que le relacionan con los traficantes cariocas. En julio de 2008, Adriano compró una motocicleta de 20 mil dólares y la puso al nombre de la madre de
Paulo Rogerio de Souza Paz, alias Mica, uno de los narcotraficantes más conocidos y temidos en las favelas Chatuba, Caracol y Sereno. Además, la policía detuvo al narcotraficante
Richard Alex da Silva Martins 'Gigi' -considerado como uno de los capos de la "mayor y más organizada" banda de narcotraficantes de la capital del estado de Río Grande do Sul- en la casa de
Porto Alegre del jugador del
Manchester United Anderson. Incluso el ex barcelonista
Ronaldinho ha sido investigado por presunta relación con el narcotráfico, tras comprobar conversaciones grabadas con el futbolista del Manchester en la que charlaban sobre fiestas con el narcotraficante y las drogas.
La relación entre el negocio de la droga y el fútbol latino está recuperando tristemente los lazos que le unieron en el pasado. La relación de los futbolistas con los narcotraficantes, las apuestas ilegales y el club de futbol como juguete del capo de la droga son conceptos que pueden volver a reproducirse. Los tentáculos del negocio de los estupefacientes pueden llegar muy lejos, como demostró
Fernando Rodríguez Mondragón, hijo de uno de los capos del
cártel de Cali, explicando que su organización criminal
sobornó a la selección peruana de fútbol para ayudar a la de Argentina a conquistar el Mundial de 1978 y ofreció 3 millones de dólares (2 millones de euros) al ex futbolista argentino Diego Maradona para jugar en el América de Colombia. El peligro de esta relación recuperada se manifiesta con cruenta velocidad, como es el caso de Salvador Cabañas, o fue el de Andrés Escobar en Colombia La lacra de la violencia en el fútbol sudamericano se está viendo aliñada con la picadura del narcotráfico, un aliño que puede propiciar el declive del deporte latino.
Wagner Love acude a una favela escoltado por traficantesEste era el gran René HiguitaEsto es lo mejor del paraguayo Salvador Cabañas, tiroteado por un sicario en México