María Cano | Domingo 21 de marzo de 2010
Lo que ha pasado este fin de semana es digno de una película pasada de moda y más bien mediocre. Las Policías francesa y española difundieron un vídeo grabado en un supermercado en Francia en el que presuntamente se podía ver a cinco etarras haciendo la compra. El objetivo de tal acción era localizarlos mediante la colaboración ciudadana, pero no estuvieron muy finos ni franceses ni españoles en la identificación porque los presuntos terroristas resultaron ser unos bomberos catalanes de vacaciones.
Y claro, los familiares que vieron el vídeo se apresuraron a llamar a los incautos bomberos que no se atrevieron a salir a la calle porque estaban en busca y captura y se podía liar muy gorda... Desde el hotel, se pusieron varias veces en contacto con la gendarmería pero no les hicieron ni caso, ni les creyeron y, al final, decidieron presentarse física y voluntariamente en comisaría para deshacer el entuerto. Eso sí, después de haber hablado con sus superiores en España para que avisaran a las autoridades pertinentes y arreglaran con Francia el embrollo antes de que les metieran en el calabozo sin darles tiempo ni de pronunciar la primera sílaba de sus nombres.
Pero de poco les sirvió porque fueron sometidos a cinco horas de interrogatorio y, además, les requisaron la furgoneta en la que llegaron a la gendarmería. Incluso tuvieron que renunciar a la compra que habían hecho, que allí se quedó también.
Esta sonada metedura de pata hace, como poco, sospechar de los medios y técnicas que las Fuerzas de Seguridad emplean. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, con todos los avances tecnológicos de los que disponemos, pase algo así? Porque un error es admisible, parecidos físicos, etc. Pero… ¿con cinco personas? ¿De verdad eran todos tan parecidos a etarras ya fichados o es que no fueron demasiado exhaustivos en las comparaciones?
Esta tragicomedia ha puesto en evidencia la descoordinación entre el país galo y el español, la ausencia de meticulosidad y precisión en las investigaciones y el absoluto desprecio por el bienestar de cinco ciudadanos inocentes y de sus familias.
Que unos y otros tenían muchas ganas de pillar a los malnacidos que mataron al gendarme francés, es comprensible. Que tenían motivos para sospechar a priori de cinco españoles que hicieron la compra en un supermercado del sur de Francia en las mismas fechas, también. Pero también es evidente y muy preocupante que se conformaran con preguntar al etarra detenido Joseba Fernández Aspurz si conocía a los del vídeo y, claro, no se pudo ver en otra… Dijo a las autoridades que les conocía y que también eran de la banda terrorista y así regaló a sus compañeros un tiempo precioso para escapar mientras se descubría la verdad.
¿Por qué no contrastaron las imágenes con la Policía española? ¿Tan malas son las relaciones entre Francia y España que prefieren confiar en la palabra de un asesino antes que recurrir a la abundante y detallada documentación que nuestras Fuerzas de Seguridad poseen sobre Eta y sus allegados? ¿Dónde está la tan pregonada cooperación y coordinación entre ambos países? ¿Por qué Zapatero se apresuró a restarle importancia al asunto mientras pedía disculpas hasta el apuntador?
Este asunto apesta, aunque creo que encajará a la perfección en el marco de nuestras maltrechas relaciones internacionales. Y en cuanto a los bomberos, lo siento por ellos y por sus familias porque, además de la rocambolesca pesadilla, se vieron desprotegidos y abandonados por el Gobierno. Muy clarito dijo Óscar Llop, uno de los afectados, a su llegada a Barajas que “si no fuera por el Gobierno catalán, no estaríamos aquí”. No hacen falta aderezos. Y mientras tanto, Zapatero como si no fuera con él. ¿Será porque sus pensamientos los ocupan otros asuntos de los que, como en tantas otras ocasiones, nadie nos cuenta nada?
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