Opinión

La derrota de Sarkozy

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 22 de marzo de 2010
Previendo lo que ha sucedido el domingo, Sarkozy dijo hace días que unas elecciones regionales solo deben tener consecuencias regionales. Como si no fuera con él, dejó la campaña en manos del primer ministro, Fillon, y del aparato del partido, que se han empleado a fondo, sin éxito, como muestra que los ocho ministros que encabezaban otras tantas listas regionales han sido derrotados todos ellos. Incluida la ministra de enseñanza superior, Valérie Pecrésse, figura en alza en la UMP y candidata en Île de France, la región de París. La contundencia de los resultados ha caído de lleno sobre la figura del Presidente y hasta en sus propias filas se ha criticado, como causa de la derrota, su manera de gobernar. Su estilo autoritario, más que su política y sus poco decididas medidas ante la crisis, están en la base del preocupante descenso de su popularidad que viene padeciendo casi desde el principio de su mandato. Unos se quejan de que los ministros carecen de cualquier atisbo de autonomía respecto de un Presidente demasiado absorbente y arrogante, que ha merecido que se le llame “Nicolás I” o “Sarkoleón”. Otros critican un cierto divismo, especialmente patente desde su matrimonio con Carla Bruni, que ha convertido a la pareja en habituales de las revistas del corazón. Algo que a muchos franceses les desagrada.

De todos modos –y sin que sirva de paliativo a una derrota tan contundente- hay que situar a estas elecciones regionales en su contexto político para comprender en su plenitud su significado. Como se sabe, las regiones en Francia carecen de poderes relevantes (transportes, edificios escolares y poco más) ni, desde luego, de la amplísima autonomía y de la generosa financiación de que disfrutan nuestras comunidades autónomas. Esa es una de las razones de la abstención masiva y explica, en parte, que prácticamente la mitad del electorado se haya quedado en casa. Hay que tener en cuenta, además, que las últimas elecciones regionales se celebraron hace seis años, en 2004, y que en ellas la izquierda triunfó ya, con mucha comodidad, en todas las regiones metropolitanas, salvo Alsacia y Córcega. Ese triunfo no impidió que el Partido Socialista entrase después en un periodo de desunión y decadencia cuyo nadir fue la espectacular derrota de Ségolène Royal frente a Sarkozy en las presidenciales de 2007. El partido gobernante, la UMP, ha mantenido ahora Alsacia, pero ha perdido Córcega pero ha logrado ganar en dos regiones de ultramar, Reunión y Guayana. Da toda la impresión de que el propio electorado de centro-derecha, consciente de la poca relevancia política de estas elecciones, ha querido enviar un aviso al Presidente, pero sería prematuro estimar que se ha producido un vuelco definitivo hacia la izquierda ni que nos hallemos ante un anticipo de la elecciones presidenciales de 2012. Sobre todo porque el liderazgo del Partido Socialista no está bien definido, ya que sigue habiendo, por el momento, al menos cuatro precandidatos, Aubry, Royal, Fabius y Strauss-Khan, con matices importantes entre ellos.

Otro dato significativo de estas elecciones es que la extrema derecha del Frente Nacional (FN) -que algunos daban por periclitado dada la edad de su líder, Le Pen- mantiene una buena parte de sus bases y logra sacar partido de la crisis y del sempiterno problema de la emigración. Una media nacional en torno al 10 por ciento, que llega hasta la cuarta parte del electorado en alguna región, más tocada por estos problemas, muestra hasta qué punto el FN es algo más que la aventura personal del octogenario Le Pen. Mientras la izquierda ha logrado una unidad casi total de sus tres grupos principales (socialistas, ecologistas y el frente que incluye a los comunistas) la derecha sufre la amputación de una parte de su electorado natural, fascinada por el radicalismo lepeniano que, como ocurre en todos estos casos, no logrará nunca ganar, sino que facilitará el triunfo de la izquierda, como ha ocurrido ahora. No se alían, claro, con la izquierda como por aquí hacen los nacionalistas, pero desempeñan un papel similar pues recortan el voto del centro derecha; aunque no saquen las sabrosas tajadas con que son premiados por aquí esos “patriotas” de la periferia. Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el electorado del FN hay una buena parte de la antigua clientela comunista, como revelan los buenos resultados de este partido en viejos feudos comunistas de la zona mediterránea. Habrá que ver lo que sucede con este partido si, retirado Le Pen, su hija Marina, que es su sucesora natural, hace realidad los criterios de moderación que se le atribuyen.

Sarkozy llevará a cabo ahora una remodelación ministerial, manteniendo a Fillon, cuya popularidad es ahora incluso superior a la del Presidente. Después del dudoso éxito de su “apertura a la izquierda”, que nunca fue muy del agrado de su compañeros de partido, Sarkozy tendrá que escuchar las voces que desde dentro le piden fidelidad a “nuestros fundamentos”. Salvo excepciones los fichajes de personajes de izquierda no se puede decir que hayan sido beneficiosos, Ahí está Jack Lang, alborozado en la noche electoral por el triunfo de la izquierda unida, después de que se dijo de él que “había cruzado el Rubicón”, que fue esencial para el triunfo de la reforma constitucional de Sarkozy, que le nombró enviado especial para Corea del Norte y Cuba.

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