Gregorio Marañón Bertrán de Lis | Lunes 22 de marzo de 2010
Señor, quiero, ante todo, expresar en nombre de la Fundación Marañón y de toda nuestra familia el sentimiento de inmensa gratitud que tenemos hacia Vuestras Majestades.
Gratitud, Señor, por la generosidad con la que honrasteis en 1987 la memoria de Marañón. Entonces, cuando conmemorábamos el centenario de su nacimiento, destacasteis, y son vuestras propias palabras, la grandeza de quien fue un español excepcional que vivió comprometido con los valores de la libertad, el amor a la patria propia y la vocación intelectual como servicio.
Gratitud, también, por lo que significa la renovada presencia de nuestros Reyes en el acto que celebramos en esta tarde de comienzos de primavera.
Y, finalmente, gratitud cívica por cuanto habéis hecho y estáis haciendo, día a día, por nuestro país. Marañón, que en 1958 anticipó que probablemente España recuperaría la democracia y alcanzaría la reconciliación con una Monarquía, habría celebrado con júbilo, 20 años más tarde, la Constitución de 1978.
Si me lo permitís, Señor, deseo ahora dejar constancia de otros reconocimientos insoslayables.
En primer lugar, al Congreso de los Diputados, que con rara unanimidad aprobó el pasado 13 de octubre la resolución presentada por su presidente, D. José Bono – a quien también extiendo nuestro profundo agradecimiento- declarando que la España democrática representada por el Congreso recuerda a uno de sus más grandes hombres e insta al Gobierno a conmemorar el cincuentenario de la muerte del gran científico y humanista que fue Marañón impulsando, entre otras iniciativas, una exposición que es, precisamente, la que hoy inauguramos.
También al Ministerio de Cultura y a su titular, Dª Ángeles González Sinde, por haber promovido, a través de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, una extraordinaria exposición y por haberla acogido en este emblemático edificio de nuestra cultura que es la Biblioteca Nacional. Y es de rigor extender este reconocimiento a cuantos han participado con el mayor entusiasmo y eficacia –que son dos virtudes muy marañonianas- en la realización de la exposición y, muy destacadamente, a la presidenta de la SECC, Dª Soledad López, a su director general, D. José Luis García Canido, y a todo su excelente equipo; a la directora de la Biblioteca Nacional, Dª Milagros del Corral, y a su equipo no menos excelente; a los comisarios, D. Juan Pablo Fusi y D. Antonio López Vega, y a sus asesores D. Publio López Mondéjar, Dª Genoveva Tussell y Dª Carmen Ibáñez, así como a todos los que han colaborado en el catálogo y a quienes han prestado las obras.
Finalmente, a la Comunidad de Madrid y a su presidenta, Dª Esperanza Aguirre, al vicepresidente y consejero de Cultura, D. Ignacio González, y al consejero de Sanidad nuestro vivo reconocimiento por el generoso patrocinio que ha hecho posible este empeño, así como al Ayuntamiento de Madrid y a su alcalde, D. Alberto Ruiz Gallardón, a Asisa y a la Fundación Tejerina.
La exposición viajará luego a Santander y Toledo, las otras dos ciudades de arraigo de Marañón, con el apoyo de las comunidades de Cantabria y Castilla-La Mancha y de sus respectivos presidentes, D. Miguel Ángel Revilla y D. José María Barreda, a los que también expreso nuestra gratitud grande.
Señor, tomo ahora prestados los versos de Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre y Luís Rosales que, como Zuloaga o Sorolla, también retrataron a Marañón con el fin de evocar, por un instante, su figura entre nosotros:
“Llegamos a él como a esos paisajes gratos donde es bueno reposar. Desde él se ve el mar y el día azul está sobre nosotros, fijo, seguro de que no nos va a dejar”.
“Tenía unos ojos oscuros, cejas espesas, bajas, que daban una sombra buena a su luz confiada… pero cuando llegaba a los hombres, aquella luz había hecho un duro viaje; su rayo había crecido entre la muerte… entre el nacimiento y el llanto, entre la risa hermosa de los sanos… y había viajado extensamente, con detenciones tristes, con paradas alegres. Aquí esa luz ayudó a vida, engañó a muerte… y en las horas finales, cuando el Sol definitivamente se ha puesto, en la tiniebla penúltima fue un rayo aún para quien nada veía. Los pobres de la Tierra, si no riqueza, vida sí cumplieron. Porque él supo ser justo. Y en su mirada se fue depositando la súplica del solo, el miedo del que teme. Cuando puesta su mano sobre vuestro hombro Marañón os miraba,veíais la sorprendente confianza en el hombre”.
“Tenía la cabeza siempre un poco adelantada entre los hombros, el cuerpo y su armoniosa pesadumbre que andaba como hablando, la mirada jovial que parecía crecer para encontrarnos, el labio un poco vuelto hacia el amigo, su hablar lento y pausado, las manos que pusieron tantas veces consuelo en otras manos, la mesurada voz que al escucharla invitaba al sosiego y no al descanso, la piedad general de su palabra… Empujamos su muerte un poco… para hacernos sitio de nuevo junto a él… como adentrándonos de nuevo en su mirar donde un día vimos… la hondura de lo humano”.
Hasta aquí las citas.
Señor, termino. Marañón escribió que el tiempo no lo marca el reloj sino nuestro corazón. Y añadió: “Hay para el corazón horas que son eternas y otras que son fugaces”. Las suyas, que desde el 27 de marzo de 1960 son eternas, las marcan nuestros corazones con el recuerdo, con ese recuerdo que hoy compartimos.
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