Este 24 de marzo se cumplen 30 años del asesinato del Monseñor salvadoreño Óscar Romero, un religioso a quien en vida no le tembló el pulso al denunciar los abusos de las fuerzas militares contra la población de ese país centroamericano, que a finales de los años setenta y principio de los ochenta, vivía una brutal represión que terminó siendo el preámbulo para uno de los conflictos civiles más cruentos de América Latina.
El 24 de marzo de 1980 el
Monseñor Óscar Arnulfo Romero cayó abatido ante los feligreses que asistieron a la misa que oficiaba en la capilla del hospital de La Divina Providencia, en la colonia Miramonte de San Salvador. Su corazón había sido destrozado de improvisto por el disparo de un adiestrado francotirador a quien le asignaron la misión de silenciar su voz. Una voz que resultaba incómoda para el
Mayor Roberto d’Aubuisson, fundador de los
escuadrones de la muerte que aterrorizaban a los civiles y opositores del gobernante Partido de Conciliación Nacional (PCN), y quien posteriormente terminaría instaurando la
Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).
Durante los 3 años que estuvo a la cabeza del arzobispado de San Salvador, Romero abogó por la defensa de los
Derechos Humanos de su país, por lo que sus homilías de los domingos resultaban más una respuesta en contra de las violencia política y las violaciones a las que eran sometidas la población civil que un acto de fe. Esto le valió la admiración tanto de sus compatriotas salvadoreños como el de una Santa Sede a cargo del Papa Juan Pablo II.
El asesinato de este Monseñor, además de general la condena internacional y abrirle los ojos al mundo sobre la realidad que vivía El Salvador en esos años que antecedieron
la guerra civil, desveló en aquel momento la situación de riesgo que vivían algunos líderes religiosos en zonas de conflicto o en cierto gobiernos de
América Latina. Un contexto que aún permanece latente en algunas partes de la región, en donde llevar sotana no va exclusivamente de sermones y eucaristía. La desidia, la violencia y la desigualdad que se observa en ciertos países latinoamericanos obliga a muchos religiosos a actuar como
portavoces de la justicia, lo que les convierten en blanco fácil de ataques por parte de grupos armados o del mismo sistema, como le ocurrió a Óscar Romero aquel 24 de marzo de
hace treinta años.
A tres décadas de este trágico incidente
El Salvador hace balance de lo ocurrido y de la herida que se abrió con la muerte de Romero. Si bien la Iglesia de ese país pide que no se politice su figura, a fin de evitar la obstrucción del proceso beatificación que busca elevarlo a los alteres, lo cierto es que alrededor del legado de este pastor, existe un fuerte halo político que lo ha convertido en todo mito para los salvadoreños, quienes este miércoles le rendirán culto
“San Romero de América”, el Monseñor cuya fe venció el miedo.