María Elena Cruz Varela | Viernes 26 de marzo de 2010
En verdad, me digo mientras desde mi ventana veo la primavera empujar en todas direcciones, que el mundo que hemos fabricado es cosa rara. Esta Hija de Cuba reconvertida en Hija de España, unas veces cree entenderlo casi todo, otras, la mayoría, humilla la cabeza sobre el hombro y reconoce que no comprende prácticamente nada.
Durante varios días he seguido las caminatas de las Damas de Blanco por las rotosas calles de La Habana. Bravas, sí, estas mujeres que se cansaron de esperar y han elegido entre afrontar la posibilidad de un final espantoso o someterse al espanto sin fin, destino manifiesto de esa islita caribeña, uno de los pocos lugares de Occidente donde la primavera se celebra con duelos y golpizas en memoria de otra primavera llamada negra porque allí, donde somos hijos de nada, la primavera no es lo mismo. No existe en Cuba una primavera democrática y las mujeres, que salen al ruedo cuando la especie está en peligro, valerosas, dignas, armadas sólo con las flores de su renacer particular, sacan la cara, el cuerpo y emprenden la ruta para reclamar la libertad de los suyos: maridos, hijos, hermanos…
Las veo marchar, siento admiración y un viejo miedo al reconstruir mi propia historia sobre sus pasos. Sé lo que va a suceder. Apenas unas manzanas de avance y ahí están los golpeadores, los de siempre que gritan: “!La calle es de Fidel!” “¡El que no salte es yanqui!”, y otras sandeces que llevan repitiendo medio siglo, a pesar de que ya el coma-andante no puede andar ni por esas, ni por ninguna calle y la mayor parte de los saltadores sueñan con subir a una balsa, llegar a salvo a Miami para convertirse en yanquis sin tener que saltar.
¡Cosa rara en verdad el mundo que hemos fabricado! La cámara, testigo fiel porque no discrimina, amplía el panorama y ahí están las blanquísimas Damas, soportando los tirones de pelo, las patadas y, no obstante, su blancura irradia como un punto de luz en medio de la oscura masa de vociferantes.
Si la gloria del hombre cabe en un grano de maíz, ¿dónde cabe la valentía de estas Damas? ¿Dónde la aberración de sus verdugos? Y ¿en qué semilla podemos colocar la indignidad de quienes prefieren observar tras los carcomidos barrotes de sus ventanas? Sí, mientras unos reprimen, otros permanecen detrás de sus postigos, viendo el espectáculo como quien asiste a un encierro de toros, sin tomar partido, permitiendo que señoras de edad media y avanzada carguen sobre sus espaldas un trabajo que les corresponde a todos. Ahí están, quizá a la espera de que la balanza se incline definitivamente para entonces, como antes, sumarse al bando de los vencedores, entre tanto, conservan la hechura a buen recaudo.
Bajar unos cuantos peldaños, abrir la puerta, salir a la calle, parece un esfuerzo demasiado grande para quienes se contentan con ser espectadores de ese macro ejercicio de violencia de género. Hombres viendo cómo otros hombres arrastran a las Damas de Blanco, las golpean, las maltratan… Y si abominable es esa puesta en escena en el teatro de la crueldad habanera, insoportable resulta la visión de esa violencia de género que es la de contemplar mujeres lastimando a mujeres bajo la atenta mirada de otras féminas. La violencia es el género. Genero. General. Degenerado...
Dios, ¿en que nos hemos convertido? Cómo un mundo en el que, combatir el maltrato machista es lo políticamente correcto, no es capaz de reaccionar y levantarse en pleno frente a semejante ignominia.
Somos diestros en hacer campañas muy valiosas para defender el derecho de las mujeres a conservar su clítoris; a vivir con la cabeza descubierta, a no ser lapidadas por adúlteras; creamos ONG´s para cuidar de casi todo lo que existe entre el cielo y la tierra, eso está bien, pero, ¿qué ocurre con las Damas de Blanco?, ¿qué parte de la Europa racional está dispuesta a establecer un frente común para que estas mujeres, hijas de una isla que, al fin y al cabo, es hembra, no continúen siendo maltratadas?
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