Lunes 29 de marzo de 2010
El pacto suscrito este pasado viernes por las dos mayores potencias nucleares del mundo, Rusia y Estados Unidos, por el que acuerdan reducir sus respectivos arsenales atómicos más de un 30 por ciento es una excelente noticia. El nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas -START-, que sustituye al que auspiciara en 1991 Ronald Reagan, supone toda una declaración de intenciones acerca de la postura que Washington y Moscú mantendrán en la próxima Cumbre Nuclear, que se celebrará en la capital americana los días 12 y 13 de abril.
El mensaje es claro; hay que poner coto a la proliferación nuclear. Esta era una de las promesas electorales de Obama quien, a la vista de los réditos políticos que le supondrá la firma de un acuerdo semejante, podría tomar algo de aire ante el titánico esfuerzo que le está suponiendo llevar a cabo su reforma sanitaria. Algo parecido sucede con su homólogo ruso, Dimitri Medvedev, a quien interesa vender a los suyos un ventajoso acuerdo con los americanos. Pero las razones van más allá de una mera cuestión de imagen ante sus respectivos electorados. Está el tema de la tensión internacional, con países como Irán o Corea del Norte, muy activos “nuclearmente” hablando y principales destinatarios del mensaje que Obama y Medvedev han querido lanzar con la firma del tratado. Pero no son los únicos. El mensaje en cuestión también va destinado a los mercados financieros. En tiempo de crisis, el rearme nuclear no vende. Además, el coste que supone su mantenimiento es exorbitante, por lo que el ahorro que traerá el acuerdo permitirá optimizar recursos. En todo caso, que las dos principales potencias mundiales se pongan de acuerdo en un tema tan importante es algo digno de mención. Ojalá no sea éste el último punto en común.
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