Opinión

La sanidad de Obama

Javier Rupérez | Lunes 29 de marzo de 2010
Como bien dice el refrán anglosajón, nada tiene tanto éxito como el éxito mismo y los demócratas americanos, empezando por el presidente Barack Obama y la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, tuvieron ocasión de comprobarlo hace unos pocos días, cuando el Congreso de los Estados Unidos, en el complejo proceso legislativo que incluye el acuerdo de las dos Cámaras, aprobó finalmente, tras meses de incertidumbre, la reforma sanitaria que había propuesto el nuevo mandatario al llegar a la Casa Blanca. Habían sido tantas las idas y venidas, tantos los textos propuestos y desechados, tantas las tentaciones de abandonar todo el proceso que la victoria final tenia indudablemente el gusto de lo trabajosamente conseguido. A Barack Obama le faltó tiempo para estampar su firma en el voluminoso texto de la ley –más de dos mil páginas-. Y para compararse con Franklin D. Roosevelt y con Lyndon B. Johnson en sus revolucionarios avances sociales. También con Abraham Lincoln, pero eso lo viene haciendo incluso antes de llegar a la presidencia.

Dice Barack Obama estar animado en sus propósitos con respecto a la reforma sanitaria de objetivos loables, y desde una perspectiva europea, en donde la generalización universal y gratuita de la sanidad es un dato adquirido desde hace decenios, perfectamente comprensibles: ampliar la cobertura hasta cubrir al total de la población y abaratar los costes de las prestaciones. Porque, paradójicamente, el gasto sanitario americano en sanidad duplica a la media europea y, con prestaciones equiparables, aparca fuera del radar sanitario a un diez por ciento de la población, más de treinta millones de personas. Grupos religiosos y sociales influyentes en la sociedad americana, entre ellos y de manera muy visible la Iglesia Católica, vienen pronunciándose a favor de esa reforma desde hace decenios, y en ellos ha encontrado Obama eco favorable a sus propuestas.

Pero la reforma ahora adoptada, de muy complicada exégesis y todavía más difícil comprensión para el común de los mortales, no va a traer inmediatamente la ampliación de las coberturas a los no asegurados, ni reducir inmediatamente el gasto sanitario, ni reducir impuestos, ni acabar con las influencias de las aseguradoras privadas y sus poderosos “lobbies”. Promete hacer obligatoria la adquisición de pólizas individuales a todo americano –lo cual ha desencadenado el anuncio de trece estados de recurrir la medida ante el Tribunal Constitucional-, aumentar las coberturas de los empleados por parte de las empresas –y varias de entre las grandes han anunciado cifras importantes de aumento en sus correspondientes gastos y la correspondiente necesidad de reducir plantillas- y elevar de manera progresiva los impuestos para hacer frente a los créditos públicos destinados a facilitar la adquisición de pólizas. La administración federal, cada vez mas implicada en la gestión del sistema, se verá obligada a aumentar en diecisiete mil los puestos del trabajo en la oficina de recaudación del impuestos sobre la renta, con la finalidad de hacer frente a las nuevas exigencias legales.

Pudiera ser cierto que la reforma sanitaria de Obama introdujera en la sociedad americana los cambios copernicanos de Roosevelt y Johnson, pero sus resultados no se harán sentir hasta el año 14, en la previsión mas optimista. En la más pesimista, contribuirá a elevar de manera insoportable el déficit presupuestario de los Estados Unidos, acentuando su declive o al menos reorientando significativamente sus prioridades. Entre ellas, y en primer lugar, la correspondiente a los gastos de defensa. El viejo dilema de o cañones o mantequilla se plantearía de aquí a no mucho tiempo en toda su crudeza. Presumen los obamanólogos que la preferencia iría por la mantequilla, en un diseño político que en el interior propiciaría la igualdad y en el exterior un cierto minimalismo. Algo así como un epitafio:”sic transit imperii americani”.

En realidad la victoria ha sido menos redonda de lo que los portavoces oficiales proclaman. Los números parlamentarios han sido cortos, no todos los demócratas han votado a favor, los republicanos no han perdido ni uno de sus votos y la reforma siguen siendo vista con recelo por más de la mitad de los americanos. A diferencia de lo ocurrido en los tiempos de Roosevelt y Johnson, la reforma ha pasado exclusivamente con los votos propios. Y la negociación interna no ha sido fácil: ahí está el tema del aborto para demostrarlo. Gallup concede a Obama un empate en torno al 46 % de aceptación presidencial. Rasmussen, ahonda la diferencia hasta el 44 % fuertemente en contra y el 28% a favor. Según esta última empresa, Obama no habría tenido números positivos desde hace más de un año. Ambos son datos posteriores a la aprobación de la reforma sanitaria.

Nadie conoce el impacto que la aprobación de la reforma tendrá sobre el comportamiento electoral de los americanos en otoño de este año, cuando se celebren elecciones para renovar toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. No cabe negar capacidad maniobrera a los inquilinos de esta Casa Blanca. Pero agotadas las plumas de la firma, congeladas las sonrisas, pasados los parabienes, las espaldas vuelven a estar en alto. Y Obama, figura divisiva, ya no concita las adhesiones de los que le dieron la victoria: demócratas y republicanos centristas e independientes. Entramos en otro juego.

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