Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 29 de marzo de 2010
Apenas iniciada la vigencia del Tratado de Lisboa, el seminaufragio de Grecia ha obligado a plantearse el problema de cómo rescatar a esa baqueteada economía de la situación en que se ha sumido por la impericia y la falta de seriedad de sus gobiernos. Algunos preveíamos, desde que en 1991-92 el Tratado de Masstricht puso en marcha la idea de la moneda única, la inevitable dificultad que se derivaría de que economías tan diferentes como, por ejemplo, la alemana y la de los países mediterráneos (tan a menudo vituperados como los sesteantes del “Club Méd”o los PIGS) compartieran una misma moneda. La moneda es siempre el reflejo de la economía real y era evidente que esas economías reales eran abismalmente distintas.
Ni España en aquellos momentos estaba a la altura de para tener la misma moneda que los grandes países centroeuropeos ya que, como se sabe, en 1996 ni cumplía ninguno de los criterios de convergencia ni era previsible que los cumpliera en un plazo razonable. Pero la determinación de Aznar hizo posible lo que parecía inalcanzable y los europeos empezaron a ver que, por primera vez, España no jugaba de farol, sino con un rigor y una seriedad superior incluso a los que exhibían Francia y Alemania, los primeros en incumplir el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, elaborado precisamente para “cazar” o excluir a los poco fiables países del sur.
Pero si la seriedad española duró hasta que Zapatero llegó a la Moncloa, hubo otros países que no practicaron el rigor en ningún momento. Y Grecia ha sido un caso problemático desde el principio. No faltaron ya los problemas cuando se planteó su adhesión a las entonces Comunidades Europeas en 1979-1981 y nunca estuvo clara su posición para entrar en la moneda única, sobre todo cuando se ha sabido que sus estadísticas oficiales estaban falseadas. Así se explican las reticencias del “gran pagador” europeo, Alemania, que ha saldado su belicismo de las primera mitad del siglo XX con una penitencia ejemplar al servicio de Europa, que nos ha beneficiado a todos los europeos.
Pero los alemanes estiman que todas sus deudas ya están saldadas y no están dispuestos a pagar las alegrías dilapidadoras e irresponsables de sus socios del sur, que han creído que la UE es una especie de Jauja en la que uno puede permitirse todos los excesos. De ahí los acuerdos de la semana pasada en Bruselas que, con o sin revisión del Tratado de Lisboa, van concretarse en unas medidas más estrictas, desde una especie de “alerta temprana” para advertir a los socios menos rigurosos en sus políticas fiscales y presupuestarias hasta la hipotética suspensión o expulsión de la zona euro de los recalcitrantes.
Merkel –que ha impuesto todas sus condiciones frente a otras posiciones más blandas- ha afirmado incluso que el rigor se debe extender al conjunto de los 27 países de la UE, no sólo a los que comparten el euro, aunque estos estén sometidos a obligaciones adicionales. Se estudiará incluso la creación de un Fondo Monetario Europeo que, en el futuro, evitaría el recurso al FMI, que no deja de ser una humillación para una UE que no sabe o no puede resolver por sí sola los problemas de sus socios más díscolos.
La “generosidad” de Zapatero, ofreciéndose a prestar hasta unos 2.500 millones de euros a Grecia (que, a su vez tendrá primero que pedir prestados, pues las arcas españolas ya tienen telarañas, como muestra el nerviosismo oficial), sin haber consultado previamente al Congreso de los Diputados, demuestra la deriva personalista de este sistema político, que cada vez tiene menos que ver con el texto constitucional. Ni el Presidente de los Estados se atrevería a un compromiso de ese tipo pues allí es sagrado el principio de que la Cámara de
Representantes es la que tiene “los cordones de la bolsa”.
Pero aquí ya sabemos que, en virtud del caudillismo imperante, Zapatero dispone no sólo de lo poco que va quedando en el tesoro público sino también de lo que todavía está en los esquilmados bolsillos de los españoles. Sin hacer arriesgados juicios de intenciones, no es difícil imaginar que Zapatero, previendo lo que pueda pasar en este país que todavía preside, haya pensado que tiene sentido crear el precedente de que cuando un país anda con el agua al cuello los otros se comprometan a echarle un cable. Es ponerse el parche…por si llega la herida.
Pero las discusiones de Bruselas de la semana pasada han dejado claro que Merkel ha impuesto sus criterios que claramente significan que el país central y más poderoso del continente no está dispuesto a aceptar que la UE sea ni el paraguas bajo el que se refugien los incompetentes ni el taller de reparaciones al que recurran “gratis et amore” ese conjunto de países que son incapaces de gobernarse a sí mismos con el rigor y la seriedad exigibles. Y, en el fondo de todo esto, late una idea que se va a imponer necesariamente: Europa tendrá dos o más velocidades porque los países que “no se pongan las pilas” serán irremediablemente dejados atrás, por no decir en la cuneta. Y `para eso si que puede servir el Tratado de Lisboa a través del sistema llamado “cooperación estructurada permanente”, que tiene posibilidades de atender a finalidades diversas.
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