Opinión

Semana Santa

Isabel Gómez Acebo | Martes 30 de marzo de 2010
Dada la situación en la que está inmersa España puede que la frase Semana Santa resulte políticamente incorrecta y habría que apostar por hablar de fiestas de primavera o del fin del invierno. Pero no se puede volver la espalda a nuestras tradiciones en las que aparecen con luz propia estas conmemoraciones que nos hablan de la última semana en la tierra de Jesús de Nazaret.

Dicen que el pueblo español es envidioso, no sé si es cierto, pero si parece que vibramos mucho más ante el dolor ajeno que ante sus dichas. Por eso, en esta semana tienen más fuerza, los hechos del jueves y viernes santo que el domingo de resurrección que supone la victoria de la vida sobre la muerte.

Los españoles, como todos los seres humanos, sabemos que el sufrimiento es un compañero de nuestro camino, un visitante que aparece cuando menos se le espera. La Semana Santa trae el mensaje de que Dios mismo conoce el dolor y la angustia ante la muerte, una idea frecuentemente olvidada cuando se hablaba del Dios impasible que contemplaba desde su Olimpo feliz, los acontecimientos terrenos. La pasión de Jesús, que se reproduce en nuestros pueblos y ciudades, nos recuerda ese denominador común de nuestras vidas que preferimos olvidar.

El mensaje es religioso pero también tiene mucho que decir al mundo laico. En esos Cristos doloridos se pueden ver reflejados todos los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado, vencidos por sus cruces de enfermedad, pobreza económica o angustia psicológica. A los que tenemos la suerte de poder escapar de nuestras obligaciones y tomar unos días de descanso, el Jesús dolorido nos recuerd, que hay que ser generosos con tiempo y dinero.

La entrega hacia los hermanos no queda sin premiar. Los cristianos hablamos del ciento por uno en la tierra y una plenitud en el más allá pero los no creyentes saben, si lo han experimentado, que la falta de egoísmo trae la paz y la satisfacción de haber sido útiles a quienes nos necesitaban. De aquí, que me parezca innecesario dar la espalda a estas fiestas, que hacen vibrar nuestras calles con pasos y tambores que nos recuerdan que el dolor existe y que puede estar en nuestra mano disminuirlo de intensidad.

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